Miguel Mas, un joyero fiel a las buenas marcas | Fortuna

Dirige San Eduardo Joyeros, el negocio de joyería que montó su madre, la marquesa de San Eduardo, en 1982. Miguel Mas (Madrid, 1964) es desde los años noventa uno de los prescriptores de joyas de confianza de la alta sociedad madrileña, y también de la marbellí.

De hecho, el verano lo pasa en Marbella, donde atiende a los clientes que tiene allí desde hace años. “Es la zona donde más cultura de joyas hay, es muy de joyas, incluso en verano”.

Cree que el joyero tiene que buscar sobre todo una relación de complicidad, “más de amigo que de cliente, porque la confianza es fundamental”, afirma Mas, quien cree que las joyas son un valor refugio. “Se ha demostrado que en varias guerras han salvado vidas”, señala. Su seña de identidad es el diseño y las piedras bellas raras, como la tanzanita (de color azul casi violeta), una gema escasa y de moda, que procede de una mina de las colinas de Mererani en la región de Manyara, al norte de Tanzania.

Miguel Mas tiene un estilo elegante, de corte clásico, que aligera con corbatas más atrevidas y alguna pulsera de cordón de seda en la muñeca. Siempre lleva un meteorito en el cuello, regalo de su madre, y gemelos en la camisa, un complemento que asegura sigue en vigor entre los jóvenes. “Te los pones en función del ánimo que tengas ese día, y es algo que dice mucho de quien lo lleva”, afirma.

Perfume y Felipao

Es fiel a los perfumes. Desde hace años es fiel a Terre d’Hermès, aunque recuerda que cuando era más joven solo se ponía Eau Sauvage, de Christian Dior. Si tiene que darse un capricho, Miguel Mas no lo duda:una obra de arte. Aprovecha la feria de Arco para hacer este tipo de adquisiciones, como alguna pieza de José Manuel Ballester, o una geometría de Juan Gil. Cuando tiene que hacer un regalo elige un perro escultura de Felipao.

Estilo ‘british’

Viaja a Londres a menudo con la excusa de comprar una americana en la tienda de Hackett. “Me gusta mucho cómo sientan y el estilo elegante que tienen, que puedes combinar con un pantalón más informal”, explica. Uno de los próximos caprichos que se dará es un sueño que tiene desde hace tiempo:viajar a Perú y conocer el Machu Picchu. De momento, se recrea con la lectura de El fuego del flamboyán, de Viruca Yebra.

‘Flamingo’ en rosa

Es una de las últimas adquisiciones que ha hecho: una corbata rosa con los flamingos, tan de moda este verano, de la firma italiana Etro. Es una de los pocos atrevimientos que concede a su atuendo, que define como clásico con un toque desenfadado. De vez en cuando adorna la chaqueta con un pañuelo en el bolsillo, asegura Mas, que no se pierde una ópera en el Teatro Real de Madrid. “Este año me ha encantado Rodelinda”.

Bien calzado

 El zapato cree que es un elemento importante en la imagen de un señor. Y lo tiene claro:“Busco ante todo la comodidad, por eso el zapato tiene que ser bueno, por eso siempre los compro en buenas zapaterías, como Carmina o Bravo, dos clásicos de toda la vida”. Sin embargo, los últimos que se ha comprado han sido un modelo de la firma italiana Bottega Veneta, de ante y cordones.

Marisco en O’Pazo

Frecuenta los restaurantes. Y uno de sus preferidos de Madrid es O’Pazo, propiedad de Pescaderías Coruñesas. “Me encanta venir aquí a darme un homenaje de marisco”. También frecuenta otro clásico madrileño, Horcher, de cocina de influencia alemana, y se deja ver a menudo por uno de los locales de moda de la ciudad, Ten con Ten, “que tengo enfrente de la joyería y lo utilizo mucho”.

La crema siempre de noche

Confiesa que no tiene manías, solo es desordenado y un hombre de costumbres. Por ello, todas las noches sigue el mismo ritual: ponerse una crema en el rostro antes de dormir. Eso sí, tiene que ser de la marca de cosmética japonesa Shiseido. Asegura que tiene otro hábito:cuando hace una venta de joyas importante destina un porcentaje a Save the Children, la Fundación Concordia de Marbella o a la Fundación Lucha contra el Sida.

 

 

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Teatro Real: Ignacio García-Belenguer: “En la ópera hay que arriesgar, sin perder dinero” | Fortuna

Está tranquilo. La entrevista se celebra a escasos días del estreno de Madama Butterfly, que esta noche levanta el telón del Teatro Real de Madrid. Sabe Ignacio García-Belenguer (Zaragoza, 1967), director general de la institución, que la obra de Puccini es una apuesta segura. Licenciado en Derecho, pertenece al cuerpo superior de administradores civiles del Estado y, entre otros cargos, ha sido director de coordinación del Patrimonio Nacional y secretario general de la Agencia Española de Protección de Datos. Desde 2012 cuida de la gestión del Real, donde tuvo que implantar medidas de austeridad presupuestaria.

¿Cuáles son los nuevos objetivos que tiene marcados en la agenda?

Que sea el teatro de ópera de referencia, con una actividad cultural consolidada para los ciudadanos. De la misma manera que uno se plantea si va al cine o se compra un libro, que dentro de las opciones también esté ir a la ópera, con una programación de alta calidad, que atraiga. Es la primera institución de las artes escénicas y de la música, y se encuentra entre las tres de mayor prestigio de España, después del Prado y del Reina Sofía. Jugamos en la primera liga, junto con el Covent Garden, de Londres, la ópera de Milán, de Ámsterdam, Berlín o París.

La ópera sigue siendo un género elitista, ¿qué medidas adoptan para acercar esta disciplina al ciudadano medio?

La ópera es el arte cultural por excelencia, un aglomerado excelente, con una puesta en valor de la voz y de la música, cada vez es más teatral, además de tener un gran componente social.

El próximo año el Teatro Real cumple 200 años…

Desde 1925 y hasta 1997 no hubo ópera en Madrid, por lo que esta ciudad no tiene vocación operística como los países centroeuropeos, aunque aspira a ser una plaza referente. Estamos desarrollando distintas políticas para acercar la ópera a la gente. El 30 de junio vamos a contar, como ya hicimos con La Traviata, con una retransmisión en directo de Madama Butterfly, en la que van a participar más de 200 municipios de toda España; en la plaza de la Ópera habrá 4.000 sillas con 40 pantallas exteriores. Queremos sacar la ópera a la calle, que se convierta en algo cotidiano. Por ejemplo, con El Holandés Errante tuvimos más de 600.000 visualizaciones en Facebook. Y tratándose de ópera, y no de tenis o de fútbol, es todo un logro.

¿La asignatura pendiente sigue siendo atraer al público joven a la ópera?

Cada vez tenemos más jóvenes, 40.000 al año sobre un colectivo de 250.000 personas, que vienen al Teatro. Poco a poco se rejuvenece la ópera, se ven colas de jóvenes menores de 30 años para adquirir, cuatro horas antes de la función, entradas a 19 euros. Para los menores de 35 años tenemos descuentos del 60%, así como un programa de amigos jóvenes que vienen a los ensayos. Existe otro programa, Universidad Escena, en el que tenemos convenios con 35 campus, que conceden créditos a los alumnos por asistir a los cursos, en los que se enseña el proceso de elaboración de una ópera. La mayoría es gente que no ha venido nunca al teatro, y el 80% sale entusiasmado, debido a la elevada cualificación técnica que recibe.

¿El público del Teatro Real peca de conservador? ¿Es Madrid una plaza difícil, en cuanto a que no se permiten demasiadas licencias innovadoras en la programación?

Es un público exigente, formado, que viaja, que sabe lo que está viendo. Por ello, es importante que la programación artística sea equilibrada, que haya ópera de repertorio, pero al mismo tiempo debemos fomentar la ópera contemporánea, como por ejemplo Billy Budd. Cuando prima la calidad, la gente lo reconoce y le gusta.

¿Qué supuso para el teatro contar con un director artístico como Gerard Mortier, tan revolucionario y tan incomprendido?

Nos dio un posicionamiento internacional importante. Fue uno de los grandes personajes de la ópera del siglo XXI, como también lo es Joan Matabosch [actual director artístico]. Fue incomprendido, pero fue una gran referencia. No hay una reunión internacional en la que no se mencione su nombre. Una gran figura en el mundo de la ópera. Supuso un cambio importante en la modernización de este género, arriesgó y apostó por la ópera contemporánea. Su periodo en el Real coincidió con el periodo de crisis económica del 2012 y 2013, y pudo dar lugar a una disfunción entre la programación y el público. Hay que buscar el equilibrio entre ambos conceptos, que sea del gusto del público, y que también haya una programación impregnada de esa innovación.

¿El Real es rentable?

Tenemos un modelo de financiación que es un referente en el entorno europeo, ya que es un sistema de gestión público-privado. En 2012, el 60%_del presupuesto correspondía a financiación pública, y con la crisis vimos que había que dar entrada a la participación de la sociedad civil. En estos momentos, el 27% de los ingresos corresponde a financiación pública, el 26% a aportación de la sociedad civil, y el 46% a actividades del teatro. También tiene cabida el sector privado, ya que contamos con el patrocinio de un buen número de empresas, que son grandes mecenas. Tenemos un presupuesto de 51 millones de euros. Lo controlamos todo, incluso si hay un partido de fútbol. En España competimos con otros espectáculos.

¿Cómo convive el gestor, que vela por los números, con la parte artística?

Respetando la autonomía artística, pero buscando un equilibrio y rentabilidad. Aquí trabajan casi 600 personas y no se pueden hacer locuras, no podemos perder dinero con las óperas, aunque hay que tener también obras de riesgo. Es un sistema de pesos y contrapesos.

 

 

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