¿Quién eres hoy, América?

Durante los ocho años de presidencia de Barack Obama, muchos pensamos que empezaba una nueva era en todos los ámbitos. Menos tensiones raciales, vuelta al crecimiento económico, generación de empleo, sanidad universal, mejores relaciones con el resto del mundo, etc.

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Racismo en Estados Unidos y consecuencias imprevisibles | Mercados

Mi amigo, el teniente general del Cuerpo de Marines de quien escribí la semana pasada, me ha contado una anécdota en un contexto de extrema tensión, tanto para él como para el país. Hace unos días, en una operación en Oriente Medio, tuvo un percance grave y cuatro marines afroamericanos (una mujer y tres hombres) le trasladaron en camilla al hospital de campaña. Antes de perder el conocimiento, mi amigo preguntó a sus colegas de dónde eran. Los cuatro respondieron “de Chicago, señor” y él, antes de quedar inconsciente, les dijo en broma y cantando en susurros: “Querréis decir que sois de sweet home Chicago, que le gusta mucho cantar a Barack…”. Y quedó inconsciente.

Sweet home Chicago es una canción que hicieron famosos los Blues Brothers en su película de 1980, con Aretha Franklin y Ray Charles, ambos negros. Pero la canción no nació en Chicago en 1980, sino a principios del siglo pasado en Memphis (Tennessee). Un muy joven B.B. King la hizo famosa en 1949 y, cuando oyó la versión de Elvis Presley, dijo: “Elvis ha ganado mi respeto y el de todos los cantantes negros de soul, R&B, Gospel y R&R”. El hecho de que Elvis naciera paupérrimo en Tupelo (Mississippi), en una casa de una habitación, baño y cocina y que, desde los dos años, escuchara por las noches en su porche a negros cantando blues y gospel, y que los domingos fuera a la iglesia afroamericana de Tupelo para cantar en el coro (“yo era el único niño blanco”, recordó Elvis el 31 de julio de 1969, cuando volvió a los escenarios tras una década de películas en Hollywood). Elvis, del sur confederado, el sur racista, el de la esclavitud, el de las “leyes segregacionistas” de Jim Crow. Más que normas, eran costumbres de dos siglos de historia: la Casa Blanca la construyeron esclavos negros y el primer presidente de Estados Unidos, George Washington tuvo esclavos, como todos los presidentes hasta Lincoln, quien hizo la Proclamación de Emancipación y acabó con la esclavitud en el norte.

Pero la Guerra Civil (1861/1865) no acabó con el racismo. Los ricos tenían plantaciones y tenían que pagar salarios a los negros, ya libres pero sin derechos. Y los blancos pobres del sur, inmensa mayoría, se sentían mejor pensando que, por debajo de ellos, estaban los negros.

Es curioso, pero el sur siempre votó en masa a los demócratas hasta 1965, cuando el presidente Johnson (LBJ) aprobó la Civil Rights Act y acabó legalmente con el segregacionismo y las normas de racistas de Jim Crow. Desde entonces, el sur en masa se pasó al partido republicano de Richard Nixon y Ronald Reagan quien, a pesar de tener dudas morales y en contra del consejo del partido republicano, apoyó el régimen del Apartheid de Sudáfrica.

Hoy, en las cinco ramas de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos hay afroamericanos, latinos, blancos, asiáticos y, en los cinco cuerpos especiales también hay mujeres, tanto o más duras que los más duros hombres. El problema en el Ejército americano, hoy, no es la raza, sino el sexo, la aceptación del colectivo LGTB.

En una ocasión, George Bush vio en televisión a Oprah criticándole por ser racista. El presidente la invitó a la Casa Blanca, donde fue recibida por Colín Powell, general del Ejército de cuatro estrellas y exjefe de la junta de jefes del estado mayor; en aquel momento, secretario de Estado y por Condi Rice, national security advisor y, después, secretaria de estado. Oprah salió impresionada y contenta del Despacho Oval. Al día siguiente, dijo en televisión que se había equivocado con George Bush, porque no era un racista. El mismo presidente que, junto a su padre, Bush senior, ha publicado una carta en que critica los comentarios del presidente Trump sobre los sucesos de Charlottesville.

Esos afroamericanos tuvieron que luchar mucho para llegar alto. En el mundo del cine, Denzel Washington, Morgan Freeman y Samuel L Jackson siempre se han quejado de actitudes y comportamientos racistas hacia los negros en Hollywood. Recordemos que, en los últimos años, ha habido boicots a la ceremonia de entrega de los Oscar por parte de la comunidad afroamericana, por sentirse discriminada. Este año, una mujer negra, por fin, recibió el Oscar a la mejor actriz por Fence.

El racismo siempre ha estado presente en Estados Unidos. Durante la guerra de Vietnam, ricos y blancos se libraban de ir a Nam y eran negros pobres los que iban obligados. En marzo de 2008, un veterano de la guerra de Vietnam, el pastor Jeremiah Wright, el hombre que caso a Barack y Michelle Obama y bautizó a sus hijas, hizo unas muy polémicas declaraciones en que comparaba a la nación negra en América con la nación judía en la época de la esclavitud de Egipto. Según él, Estados Unidos mereció el 11S por todo el mal que hacia en el mundo y que ahora le había vuelto como un boomerang. Acabo diciendo: “Dios maldiga América”. Barack se vio obligado a enfrentarse a la cuestión del racismo. Y, en su famoso discurso de marzo de 2008, en Filadelfia, explicó los derechos humanos reconocidos en la Constitución americana de 1783 y apeló a una nación “que ni es ni de negros, ni blancos, republicanos, demócratas, del norte o del sur… somos una única nación, los Estados Unidos de América”.

Durante su presidencia, Obama, en más de 15 ocasiones, ha tenido que enfrentarse a las cámaras para consolar a la nación por crímenes fruto del odio o del racismo. En diciembre de 2012, Barack lloró recordando a las docenas de niños y profesores ametrallados en una escuela de Newton. Después, en las matanzas de Charlestón, Ohio, Baltimore, etc.

Pero Obama no incitó al odio sino que busco la reconciliación. Su mujer, Michelle, se enfadaba con él porque pensaba que no era duro con los racistas por falta de entendimiento: “Barack, cómo se ve que no eres descendiente de esclavos, como yo si soy”.

La respuesta de Obama a los sucesos de Charlottesville que se están extendiendo por todo el sur conforme monumentos confederados son retirados de las calles y supremacistas blancos se manifiestan como los nazis en Nuremberg, con antorchas, o como el KKK en los años 20, ha tenido mucho eco. Gentes que van contra negros, liberales, judíos, católicos y que, como los terroristas islamistas, conducen furgonetas contra multitudes de personas inocentes.

El tuit que se ha llevado más me gusta de la historia pertenece a Barack Obama, del 17 de agosto, con una cita del libro autobiográfico de Nelson Mandela y una foto de él en 2011, dando la mano a niños que están en lo que hoy es una escuela y, durante décadas, fue la celda de Mandela.

Barack nunca echó más leña al fuego. En cambio, el presidente Trump se está quemando a sí mismo. Jugar con el racismo, con la Guerra Civil y las heridas abiertas entre norte y sur es algo muy serio que, posiblemente, el presidente no ha contemplado. Cuando el martes 15 de agosto, frente a 200 periodistas, dio una rueda de prensa en que puso al mismo nivel a los racistas y a los no racistas (se suponía que iba a hablar de creación de empleo mediante su plan de infraestructuras), Trump se metió en un lío del que aún no se sabe cómo va a salir. Su jefe de gabinete, general John Kelly, marine, se llevaba las manos a la cabeza y, con él, todo el gabinete.

Durante ocho años se acusó a Barack de ser anti business. Pero todas las semanas cenaba con una docena de empresarios y directivos de las principales empresas americanas, especialmente tecnológicas. Trump creo el Strategic and Policy Forum y el Manufacturing Jobs Initiative. Los presidentes de Merck, Goldman Sachs, Wall-Mart, General Electric, 3M, Walt Disney, Intel, IBM, etc.: la nobleza del empresariado americano en torno al presidente. Pero su tibieza y falta de claridad a la hora de condenar el racismo y los racistas han hecho que esas docenas de empresarios dimitieran de esos consejos, emitiendo comunicados condenatorios del presidente. Trump, en cuestión de minutos, tuiteó que había decidido el cancelar los dos consejos.

Los sucesos de Charlottesville y la reacción de Trump pueden tener consecuencias imprevisibles. El partido republicano ha condenado a Trump y puede pagarlo caro en las elecciones legislativas de noviembre de 2018. Sin embargo, las bases conservadoras que apoyan a Trump, le apoyan hoy más que ayer y menos que mañana. Ojo a ese dato. A veces, sacando lo peor de cada uno, algunos se benefician y Trump es un jugador de apuestas. Seguramente piense que “a río revuelto, ganancia de pescadores”. Como quede la nación y sus ciudadanos, es harina de otro costal que pudiere ser, el presidente no ha pensado ni previsto. Pero que podría ser terrible para Estados Unidos.

Jorge Díaz-Cardiel es Socio Director Advice Strategic Consultants. Autor de El legado de Obama.

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El abogado de las causas ganadas que abandonó a Trump | Compañías

Está acostumbrado a defender argumentos en solitario, en contra de la corriente general, y salir victorioso; en este caso, no ha sido exactamente el primero, pero sí el que ha provocado la gran estampida de los empresarios que se atrevieron a acercarse a Trump. Kenneth Frazier (Filadelfia, 17 de diciembre de 1954), abogado de profesión y máximo ejecutivo de la farmacéutica Merck, conocida como MSD fuera de EE UU, se salió el lunes del consejo industrial del presidente estadounidense. La avalancha posterior de fugas provocó que el magnate, acostumbrado a presumir de que es él quien controla la situación, optara por desmantelar sus dos foros de empresarios (el industrial y el estratégico) cinco minutos antes de que se quedaran desiertos.

En junio, Elon Musk, de Tesla, y Bob Iger, de Disney, abandonaron el foro de estrategia de Donald Trump, cuando este rechazó el Acuerdo de París sobre el clima. Esta vez ha sido el racismo en Charlottesville (Virginia), y la dubitativa respuesta de la tuitstar, la que ha hecho que Frazier se marchara del otro consejo presidencial, el industrial.

“Los líderes estadounidenses deben honrar nuestros valores fundamentales y rechazar claramente las expresiones de odio, fanatismo y supremacía grupal, que van en contra del ideal estadounidense de que todas las personas nacen iguales”, dijo en su declaración oficial. “Como CEO de MSD y por una cuestión de conciencia personal, siento la responsabilidad de adoptar una actitud firme contra la intolerancia y el extremismo”.

Después de él, fueron los dirigentes de Under Armour, Intel, Walmart y Sopas Campbell los que dejaron el consejo, hasta que Trump se rindió.

Kenneth Carleton Frazier es presidente de MSD –una de las mayores farmacéuticas del mundo– desde 2007 y CEO desde 2011, después de una carrera que comenzó como abogado externo de la compañía, y luego como letrado en plantilla, desde 1992.

Como abogado jefe de la empresa, supervisó la defensa contra las afirmaciones de que el fármaco antiinflamatorio Vioxx había causado ataques cardíacos y accidentes cerebrovasculares. Los analistas preveían que la responsabilidad de MSD oscilaría entre 20.000 y 50.000 millones de dólares, pero Frazier eligió pelear cada una de las 5.000 demandas en los tribunales, en lugar de llegar a acuerdos extrajudiciales, y finalmente logró que el coste para la empresa fuera de solo 5.000 millones de dólares.

Antes, cuando aún trabajaba de forma externa para MSD, en el despacho Drinker Biddle & Reath, defendió gratis a James Willie Bo Cochran –negro, o afroamericano, como Frazier–, que pasó dos décadas en el corredor de la muerte acusado de asesinato. Consiguió demostrar su inocencia, que le quitaran la condena y le declararan no culpable. En 2004, comentó que los miembros del jurado que condenaron a Cochran tenían prejuicios racistas.

Pero no siempre ha tenido tanta paciencia. Como patrono de la Universidad Penn State, en la que estudió, fue elegido para dirigir una investigación sobre los abusos sexuales a niños del entrenador de fútbol americano Jerry Sandusky –que acabaría condenado. Durante el proceso, hizo unas declaraciones polémicas en las que mencionaba el caso de O. J. Simpson, por las que luego se disculpó.

Thurgood Marshall, juez del Tribunal Supremo, era uno de sus ídolos de la infancia. Su madre, Clara Elizabeth, falleció cuando tenía 12 años, dejando a su marido, Otis Frazier, conserje de profesión, al cuidado de tres niños. Otis murió de alzhéimer, enfermedad cuya investigación es una prioridad para Frazier.

Como CEO, ha priorizado los riesgos financieros y el desarrollo de nuevos tratamientos en perjuicio de los objetivos de ganancias. MSD no está entre las compañías más criticadas por los precios de los medicamentos –a pesar de que Trump también haya disparado contra Frazier por esa cuestión–, y el propio CEO ha censurado a otras empresas que suben los precios de fármacos antiguos.

Para ganar dinero extra en su época universitaria –se graduó en Derecho por Harvard– criaba renacuajos y tritones y los vendía a las tiendas locales. Ya como profesional, pudo tomarse cuatro veranos sabáticos para enseñar abogacía en Sudáfrica. Ahora, su salario es de entre 17 y 21 millones de dólares anuales. Además, posee 600.304 acciones de la compañía, valoradas en 37 millones.

Está casado con la neoyorquina Andrea, con la que tiene una hija, Lauren –ingeniera informática–, y un hijo, James. Le encanta ver partidos de béisbol y fútbol americano, correr, y leer, especialmente historia y biografías.

Como abogado, y además afroamericano, Frazier no habrá encontrado muchos iguales entre los ejecutivos. Pero ha demostrado de sobra que la mejor compañía es la propia conciencia.

A nivel mundial, MSD factura 33.900 millones de euros y tiene 69.000 trabajadores. En España, ingresa 922 millones de euros –806 millones en salud humana y 122 en salud animal– y cuenta con 1.300 empleados.

Kenneth Frazier recibió un reconocimiento de la Universidad de Alcalá de Henares (Madrid) en abril, por su impulso a la innovación y la investigación, y su compromiso con la sociedad.

El CEO de MSD se sienta además en el consejo de administración de la petrolera Exxon Mobile, y es miembro de la Academia Estadounidense de Artes y Ciencias. También es patrono de la Cornerstone Christian Academy, una escuela privada que ayuda a jóvenes en riesgo de exclusión en Filadelfia.

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Los ex presidentes Bush piden rechazar el “antisemitismo y el odio” y se suman a la avalancha de crticas a Trump por parte de miembros del partido Republicano | Internacional Home Tags

Los dos ex presidentes Bush, padre e hijo, en una imagen de 2013.

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Otros dos líderes empresariales abandonan a Trump por su tibieza ante el racismo | Compañías

Los directores generales de Intel, Merck y Under Armour renunciaron este lunes al Consejo de Fabricantes Estadounidenses creado por el presidente, Donald Trump, a raíz de la tibieza con la que respondió al ataque racista en Charlottesville (Virginia).

El primero en hacerlo fue el del gigante farmacéutico Merck, Kenneth Frazier, quien dijo -sin citar a Trump- que los líderes deben “rechazar claramente las expresiones de odio, fanatismo y supremacía que van en contra del ideal estadounidense de que todas las personas son creadas iguales”.

Le siguió el director general de Intel, Brian Krzanich, que justificó su renuncia “para llamar la atención sobre el grave daño que el clima político está causando en asuntos críticos” y pidió a “los líderes” que “condenasen” la violencia supremacista de Charlottesville.

Finalmente, el director general de la marca de zapatillas Under Armour, dijo en su Twitter: “Nos mantenemos firmes en nuestro potencial y habilidad de mejor la industria estadounidense. Sin embargo, Under Armour se dedica a la innovación y al deporte, no a la política”.

El presidente no tardó en contestar a través de Twitter a la renuncia de Frazier con críticas al directivo del gigante farmacéutico, pero después no dijo nada sobre Intel ni Under Armour.

“Ahora que Ken Frazier de Merck Pharma ha dimitido del Consejo de Fabricantes del Presidente, tendrá más tiempo para ¡BAJAR LOS PRECIOS ABUSIVOS DE LAS MEDICINAS!”, escribió Trump.

Además de los directivos anteriores, el sindicato AFL-CIO (con 12,5 millones de afiliados) también dijo que estaba estudiando su futuro en el Consejo de Fabricantes de Trump.

Trump condenó hoy al Ku Klux Klan, a los supremacistas blancos y a los neonazis tras casi 48 horas de silencio que siguieron a su primera reacción sobre los incidentes de Charlottesville de los que culpó a “muchas partes” y en los que un fascista mató a una joven al arrollar con su vehículo a manifestantes antirracistas.

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