Cinco rutas por pueblos con piel y alma leonesa | Fortuna

Primera parada: Tejedo y Pereda de Ancares, dos pueblos del municipio de Candín (El Bierzo), a casi dos horas de León capital. Un valle recóndito, en la punta oeste con Galicia y Asturias, al que se accede en coche, y visiblemente despoblado, apenas 13 habitantes en el primero y menos de 50 en el segundo. Sorprende su naturaleza salvaje, sus bosques de roble, abedules y castaños centenarios, esculturas vivas, con piel por los años, a los que hay que atravesar para conocer su alma. No basta con hacerse la foto. El lugar, donde se ve alguna colina rasa, víctima de un incendio reciente (el fuego es otra de sus señas), demanda otro tipo de viajero.

Los detalles. Es como volver al pasado, hoy alterado para los vecinos. Con casas de piedra, madera y tejados de pizarra, antaño predominaba la palloza –la típica construcción circular de origen celta, de piedra y techo de paja, muy modesta, donde convivían los ancareses y el ganado en invierno–. Pocas sobreviven, pero están muertas por su desuso y costoso mantenimiento (la vida se hacía dentro y el humo de la chimenea cauterizaba el techo, evitando la visita de ratones; con los inviernos más cálidos esto ha cambiado. Tampoco se cultiva centeno, la materia prima). Por eso son simple atracción turística. En la zona, que mezcla castellano, gallego y asturiano, también se echa de menos su anterior esplendor agrícola, reducido a huertos y pastos extensivos.

Un plus. No se vaya sin subir al pico Miravalles (1.966 m) y probar su contundente gastronomía: cecina, chorizo, queso de cabra, botillo, frisuelos de setas y crema de limón con castañas en el hotel rural Valle de Ancares o el Rincón del Cuco.

Source link