Soledad Lorenzo: “En el arte, la edad da prestigio” | Fortuna

Es una de las grandes damas del arte español. Soledad Lorenzo (Torrelavega, Santander, 1937) forma parte de una generación de galeristas, en su mayoría mujeres, que abrieron España al coleccionismo de arte contemporáneo. Recibe a Cinco Días en su casa del barrio de la Latina, de altos techos y repleta de obras de arte y de objetos de diseño, convertida ahora en el centro neurálgico de su vida, desde que cerró su galería a finales de 2012, tras 26 años de dedicación. Decidió que ya tenía edad suficiente, 75 años, para retirarse, y seguir disfrutando del arte desde otra perspectiva. Vive rodeada, aunque no se considera coleccionista, de piezas de Jaime Uslé, José María Sicilia, Victoria Civera o de Louise Bourgeois. De hecho, una escultura de la serie de arañas de la artista francesa da la bienvenida a todo aquel que visita su casa. “Fue un regalo que me hizo Bourgeois. Con los artistas con los que trabajas se establece una relación familiar”, explica Lorenzo.

Hace años llamó al director del Museo Reina Sofía de Madrid, a Manuel Borja-Villel, para anunciarle un gran deseo: donar las obras que obraban en su poder, 400 obras de 89 artistas, entre ellos Tàpies, Miquel Barceló, José María Sicilia, José Manuel Broto o Eduardo Chillida

Fue un acto de generosidad, ceder su colección.

Lo encuentro un acto de inteligencia, el arte me ha dado la vida. Es muy difícil encontrar algo que sientas que te sigue educando la mente. Creo que he tenido suerte, porque he estado rodeada de artistas y de cultura y eso es gratificante. De todas formas, yo nunca me he sentido coleccionista sino galerista. Me quedaba con alguna obra, cuando me lo podía permitir, que no se había vendido.

Fue una de las pioneras, siguiendo el ejemplo de Juana Mordó.

Los años ochenta se enmarcan en una época en la que la gente en España veía el arte contemporáneo como algo extraño, no se entendía, pero yo siempre recomendaba que primero se aprendiera a ver, a mirar una obra. Lo importante siempre era la actitud ante el arte. Primero se hacía una labor educativa y luego la venta. Para entrar en el arte hay que tener dinero y talento para entenderlo. Porque el que compra arte no lo hace para revenderlo. Es una falacia.

¿No hay especulación en el mundo del arte?

No. El arte es caprichoso, a veces los precios son desorbitados, pero es como si te compras una casa y pagas un fortunón. El mercado del arte desde el artista es correcto, nunca se llegan a pagar fortunas directamente al artista, aunque en el arte se venden objetos únicos.

¿Cómo se puede justificar entonces el fenómeno, por ejemplo, de Jeff Koons, que ha convertido el arte en una industria?

Es una artista interesante, pero por algo que no se sabe se convierte en fenómeno. Ha encontrado y ha expresado algo fácil de comprender por la sociedad, a la que le encanta. Hay cabida para todos.

¿Cuándo decide que va a dedicarse a esta profesión?

Mi padre era coleccionista, un alcalde republicano, al que le quitaron todo. Vivíamos rodeados de arte, a casa venían amigos pintores, escultores… todo esto lo he vivido en familia. Yo me sentía la tonta en este ambiente, entre un joven Tàpies. Mi padre me mandó a estudiar al Liceo francés, y ahora de mayor, cuando lo veo en su conjunto, siento que era afortunada.

¿Cómo se consigue tener prestigio en su sector?

Es la edad la que te da el prestigio del tiempo, pero yo nunca me he creído nada. Cuando fui a decirle al director del Reina Sofía que deseaba donar mis obras al museo, fui con mucha modestia. Me sorprendió que se pusiera tan contento.

Podía haber subastado sus obras.

Tengo lo suficiente para vivir bien. Soy inteligente, esta profesión me ha dado todo, he trabajado y he vendido mucho. Tengo esta casa de Madrid y otra en Sitges, y no quiero vivir mejor. Vivir a solas te da una libertad enorme, pero yo más que generosa me considero inteligente. Amo el arte por lo que significa en la inteligencia de una persona.

 ¿Le puso alguna condición al Museo?

Solo una. Solo una. Poder tener colgadas, hasta que me muera, algunas de las obras que estén libres y que no estén siendo utilizadas por el Museo.

¿Qué cree que ha aportado al mundo de la cultura?

Todo el mundo me respeta, y eso es halagador. Los galeristas lo que hacemos es presentar a los artistas que nos emocionan y trabajar para que ellos puedan vivir de su trabajo, y vivir nosotros también de ello. Yo cogí una etapa, la de los años ochenta que fueron gloriosos para el arte, que también es la expresión de lo que ocurre a nuestro alrededor. En España, en aquella época no había coleccionismo, pero surgió un fenómeno global, a raíz de que surge en EE UU.

Sin embargo, ahora hay un boom de coleccionistas.

La cultura es una necesidad del hombre y nunca se agota, cómo se va a plasmar es un misterio, porque será a título individual. La mirada de una persona es única. De los cinco sentidos, quedarme ciega me parece lo peor. No podría disfrutar de lo que más me gusta. Ahora hay muchos jóvenes que quieren iniciarse en el coleccionismo. Hay que educar sobre todo la mirada desde los colegios.

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Kikekeller: Celia Montoya: “Cualquier objeto es susceptible de ser una obra de arte” | Fortuna

En la madrileña Corredera Baja de San Pablo, a la altura del número 17, asoma la galería de arte de Kikekeller. La cristalera deja entrever desde la calle la oficina en la que trabaja Celia Montoya (Málaga, 1969), socia de Kikekeller junto a su compañero Enrique Keller, Kike. Es en esta pequeña y acogedora sala donde ella y su equipo llevan a cabo las labores puramente administrativas de la empresa, y donde se encuentra la puerta que lleva al corazón de la casa, el expositor, un amplio local de dos pisos y un pequeño patio interior que, en su época, sirvió como sastrería.

“Queremos que no se vea desde la calle, para que el visitante sea quien lo descubra”, cuenta Montoya. Allí lucen todas las obras y piezas que construyen en la fábrica de Boadilla del Monte (Madrid), “el pulmón de la empresa, donde trabaja Kike con cuatro compañeros”. El sello de Kikekeller está presente en todas ellas. Objetos de todo tipo, o incluso partes de ellos, pierden su utilidad y conforman un sinfín de obras de arte. Una lámpara a base de bolígrafos Bic, monopatines hechos taburetes o una barra de bar en la que la pieza principal es el frontal del motor de un tractor de los cincuenta. “Descontextualizamos el uso de los objetos, es lo que nos distingue. Cualquier objeto, mediante los juegos y la imaginación, es susceptible de convertirse en una obra de arte”, prosigue Montoya.

El equipo de Kikekeller encuentra la inspiración en el óxido de los hierros, andando por la calle, en “lugares que siguen siendo auténticos, como Portugal o Buenos Aires”, o incluso en el Cobo Calleja. “Por eso, cuando montamos la empresa y llegamos al barrio, hace ya más de 10 años, “la gente se quedó sorprendida, sin saber qué éramos, y con reparo a entrar”. Los Keller decidieron apostar fuerte y hace seis años aprovecharon dos de las barras de bar que fabrican para hacer lo propio en el expositor, una con la pieza del tractor y otra con las turbinas de un motor. Así, de jueves a sábado, a la tarde noche, esta singular galería se convierte también en bar, en donde poder tomar una bebida entre obras de arte.

Esta dualidad, “creo que somos la única galería que hace algo así”, les ha llevado a convertirse en una de las paradas obligadas en el barrio de Malasaña para los amantes del arte. “Vienen mexicanos, rusos, alemanes, estadounidenses… y dicen que nunca han visto algo así”. También les ha valido para darse a conocer entre las empresas, realizando proyectos para locales como Bonneville Madrid, la clínica dental de Juan Arias, la pastelería Formentor o el Hotel 7 Islas. “Vinieron los dueños y quisieron lo que hay aquí en las habitaciones”.

Al principio, reconoce, cuesta que las empresas les den libertad total de creación: “Lo que tiene el cliente en la cabeza es muy diferente a lo que tengo yo”. Por eso Montoya se reúne con él, conoce sus necesidades, sus posibilidades y, a partir de ahí , es cuando el equipo de Kikekeller se pone a trabajar sobre una idea, “y van saliendo cosas locas y maravillosas a la vez que prácticas”. Acabado el proyecto del hotel, en el que han diseñado 79 habitaciones en cuatro años, la pareja quiere volver a la carga con su labor habitual.

Celia Montoya, en una de las barras de bar que fabrican en Kikekeller.
Celia Montoya, en una de las barras de bar que fabrican en Kikekeller.

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