Temor en Wall Street ante los nuevos vínculos de Trump con el espionaje ruso | Mercados

No hay nada que temen más los mercados que la inestabilidad. Este es uno de los dichos que se repiten una y otra vez en los mercados y que se cumplió ayer a pies juntillas en Wall Street. Lo adelantó el New York Times y lo confirmó el propio hijo de Donald Trump en Twitter: el vástago del presidente mantuvo contactos con el espionaje ruso para obtener información negativa sobre Hillary Clinton. El mercado ha visto tras la revelación cómo se acercaba una posible destitución del presidente y ha reaccionado con fuertes bajadas ante la perspectiva de que se abra un periodo incierto para el país. Al menos por unos minutos.

Wall Street había abierto sin rumbo fijo, con la vista puesta en la comparecencia de Janet Yellen en el Congreso. Sin embargo, la difusión de la noticia provocó una fuerte sacudida en los mercados. El Dow Jones llegó a caer un 0,6%, el S&P 500, el 0,52%, el Nasdaq, un 0,61% y el dólar un 0,55

%Sin embargo, la tranquilidad fue volviendo poco a poco a los mercados y las compras terminaron por imponerse. El Dow Jones y el Nasdaq cotizan en tablas, mientras que el S&P 500 se deja un 0,24%.

La reacción ha sido más consistente en los mercados de divisas y materias primas. El dólar ha confimado una jornada en la que perdía posiciones frente al euro con caídas del 0,55% tras conocerse la noticia. El oro, que había perdido fuerza en las últimas jornadas, ha vuelto a actuar como activo refugio desde media tarde: sube en torno a un 1,5%.

Los inversores van confirmando poco a poco cómo la fuerza del presidente va debilitándose. Y ven cada vez más lejos las reformas prometidas por Trump y que tanto esperan los inversores. Concretamente, la reforma fiscal y en el sistema financiero. En el trasfondo temen también que las vinculaciones de los Trump con el espionaje político sea el cisne negro que comprometa el crecimiento de la economía estadounidense. Y, con la macro a la baja, esto pueda comprometer futuras subidas de los precios y ralentizar nuevas alzas en los tipos de interés.

 

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Puentes energéticos transatlánticos | Compañías

Desde 1957, la integración europea ha conseguido que en muchos ámbitos – comercio, agricultura, pesca, competencia – los Estados miembros hayan cedido su soberanía a las instituciones de la UE. Pero en materia de energía, el avance hacia una política común continúa enfrentándose a obstáculos. Los Estados consideran que el aprovisionamiento energético afecta a su seguridad nacional y son reacios a ceder control.

La heterogeneidad de las dotaciones de recursos energéticos de los Estados dificulta el progreso y las preferencias en la elección de suministradores y de modelo energético. Francia, Finlandia, Reino Unido, Eslovaquia y otros Estados de Europa oriental apuestan por la energía nuclear, mientras que Italia, Austria y Alemania la han rechazado. Los Estados de Europa oriental, y en menor medida Alemania, tienen una fuerte dependencia del gas natural ruso.

La Comisión Europea lleva a cabo una valiosa y difícil labor para forjar una política común. Pero incluso sus esfuerzos adolecen de una contradicción: por una parte, pretende reducir la dependencia energética exterior de la UE (53% y creciendo) y por otra que seamos líderes en la transformación a un modelo posindustrial.

La UE se fijó en 2008 tres objetivos para el horizonte cronológico de 2020: recortar las emisiones de gases de efecto invernadero un 20% respecto a los niveles de 1990, generar un 20% de su energía a partir de fuentes renovables y aumentar la eficiencia energética un 20%. La UE ha conseguido una reducción de emisiones del 22%, un incremento de la aportación de las energías renovables del 14,1% y una mejora de la eficiencia energética del 19%. Pero la disminución de las emisiones de dióxido de carbono – que suponen el 80% del total de los gases de efecto invernadero – se ha estancado desde 2015, e incluso ha crecido ligeramente. Aunque cumplamos los objetivos, cualquier analista independiente reconocerá que las energías renovables necesitan más tiempo y progreso tecnológico antes de poder convertirse en nuestra fuente principal de energía. Del total de la energía primaria producida por la UE, el 25% procede de fuentes renovables, el 29% de centrales nucleares, un 9% es petróleo sin refinar y un 15% gas natural. Pero algunas fuentes de energía renovable tienen sus detractores, y un 80% la genera la biomasa y centrales hidroeléctricas.

El brexit y las menguantes reservas de hidrocarburos del Mar del Norte acrecentarán nuestra dependencia externa. Rusia ya suministra el 30% del gas natural consumido en Europa. A pesar de la oposición de la CE a los intentos del Kremlin y Gazprom de construir más gasoductos que no crucen Ucrania, el apoyo de la canciller Angela Merkel a la construcción de Nord Stream 2 es decepcionante. El excanciller Gerhard Schröder, presidente de Nord Stream AG, ya asestó un duro golpe a Europa acordando con Putin la construcción de Nord Stream 1 en 2005. El gasoducto submarino suministra gas natural ruso directamente a Alemania, dejando al margen a Polonia y las repúblicas bálticas. Ante el rechazo de Polonia, todos los socios europeos (ENGIE, OMV, Shell, Uniper y Wintershall) de Gazprom del proyecto de Nord Stream 2 se han retirado.

España tiene una ley que impide que la dependencia energética de un único suministrador supere el 50%. Europa necesita un modelo parecido.

La importación de más gas natural procedente del norte de África y distribuido a Europa por Midcat aportaría un volumen equivalente a la mitad del que exporta Rusia por Ucrania. EE UU, en los últimos años, se ha convertido en el primer productor mundial de petróleo y gas natural gracias a la explotación de sus amplias reservas de gas de esquisto. La superioridad de EE UU al combinarse la producción de petróleo y gas natural es aplastante: 30 millones de barriles diarios frente a los 22 de Rusia. En pocos años, América del Norte podría alcanzar la independencia energética total.

Donald Trump quiere aumentar las exportaciones de gas natural a Europa. España cuenta con 7 de las 23 terminales europeas de descarga y regasificación del GNL, y en 2014 fue la puerta de entrada del 36,5% del GNL destinado a Europa. En lugar de discutir sobre acero, exportar gas natural de EE UU a Europa, fortalecería la alianza transatlántica.

Alexandre Muns es profesor, OBS Business School.

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¿Tiene derecho el BERD a vetar proyectos en Rusia? | Mercados

Ha salido poco en las noticias, pero es un tema importante porque lo son los protagonistas, por lo que ha pasado y por sus consecuencias. Los protagonistas: Rusia, el mayor país de Europa y uno de los líderes mundiales. Tras la caída del Muro de Berlín en 1991 y la consecuente desaparición de la URSS, la comunidad internacional creó ese año, en abril, el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo (BERD) en Londres, el otro protagonista, el último y el state-of-the-art de los bancos multilaterales de desarrollo (BMD), gestionado como un banco privado.

Su mandato era promover la transición de los antiguos países del centro y este de Europa y de la Confederación de Estados Independientes, es decir, desde la República Checa hasta Kazajistán, de una economía centralizada a una de mercado. Y por primera vez, el 80% de su inversión va al sector privado. La entidad, con un rating AAA, cuenta con un staff de 2.047 personas, procedentes de 58 países; sus activos totales, a finales de 2016, ascendían a 56.150 millones de euros; el capital suscrito era de 29.700 millones (desembolsado 6.200 millones); las reservas, de 9.200 millones, y los beneficios, de 600.000 euros.

Hasta ahora, ha invertido 110.000 millones en 4.500 proyectos. Los accionistas son 65 países (60 originariamente), además de la Unión Europea y el Banco Europeo de Inversiones (BEI). Rusia es país fundador y un accionista mayor, solo por detrás de Alemania, Reino Unido, Italia, Japón y EE UU.

Sin embargo, en 2014 comenzó una lucha. Los líderes de la UE ordenaron a sus directores en el BERD que no aprobaran ningún nuevo proyecto en Rusia, después de que esta se anexionara Crimea y apoyara a los separatistas prorrusos en la región de Donbass con armas y personal. La batalla ha llegado a su culmen final en la pasada asamblea anual, celebrada en mayo en Chipre, al formalizarse esa prohibición por decisión del Consejo de Administración, presidido por el británico, nacido en India, sir Suma Chakrabarti.

Hubo una dura y larga discusión (seguida de conferencias de prensa contradictorias) entre Chakrabarti y el ministro ruso de Economía Maxim Oreshkin, uno de los gobernadores del BERD en la asamblea general de accionistas. Oreshkin señaló que la decisión era contraria a los estatutos fundacionales del banco. Para él, “el BERD se ha convertido en un instrumento de política exterior en vez de un banco multilateral de desarrollo y no merece el rating AAA”.

Sin Rusia, la rentabilidad del banco caerá, dijo. De hecho, hasta el año pasado Rusia era el país de operación donde más invertía el BERD (casi el 25% del total), cosa lógica por su tamaño. Tras el frenazo, Turquía ha pasado a ser el primero, aunque no lo era en la fundación del banco, que se amplió en 2009.

Rusia ha solicitado dos veces levantar la prohibición, no solo con su gobernador, sino también con German Gref, consejero delegado de Sberbank, la gran caja de ahorros rusa que asistió al consejo especialmente. Pero este, influido por la UE, Canadá, EE UU, Japón y China (entró en el banco en 2016), apoyó al presidente, Suma Chakrabarti.

Oreshkin incluso llevó una opinión legal de un profesor emérito de la Sorbona que concluía que el BERD había roto sus propias reglas. Amenazó con no participar en una ampliación de capital (su participación es mayor que la de Canadá, la UE y China). Pero el presidente evadió esos temas: “Todas las inversiones son aprobadas por el consejo, que tiene la libertad de rehusar las que quiera”, declaró, y cerró el acuerdo final.

Hay que decir que el primer artículo fundacional del BERD, es decir, su mandato, tras promover la transición económica citada antes, añade: “En países comprometidos con la aplicación de los principios de una democracia multipartidista”. ¿Es Rusia un país comprometido con la democracia multipartidista? No totalmente. ¿Pero es una dictadura en sentido estricto? Tampoco.

Echando una mirada a mis años de senior banker en el BERD (1993-1999), los más interesantes de mi dilatada vida profesional, pienso que lo que ha pasado no hubiera sucedido con la dirección de entonces. Esos años los considero la época de oro del BERD. El presidente era Jacques de Larosière, la persona con mayor conocimiento del mundo financiero que he conocido. Director del Fondo Monetario Internacional (1978-1987), creó en 1983, tras la primera gran crisis de deuda mundial, el Instituto de Finanzas Internacionales, el gran lobby mundial bancario (más de 500 bancos). Gobernador del Banco de Francia (1987-1993), tuvo la habilidad de restaurar el prestigio del BERD tras la presidencia de Jacques Attali. El economista jefe esos años fue mi amigo Nicholas Stern, con sus conocidos informes de transición. Más tarde economista jefe del Banco Mundial, pasó al Gobierno británico y produjo el famoso Informe Stern sobre el cambio climático, que le valió ser nombrado lord y convertirse en un referente mundial en ese tema. Hoy es profesor de la London School of Economics y chairman del Crantham Research Institute on Climate Change and Environment.

Entre ambos, no me imagino que llegaran al punto que ha llegado el equipo actual. ¿Por qué dañar al sector privado, el más necesitado de ayuda y financiación, sobre todo en las regiones más alejadas de Moscú? Precisamente, el BERD tiene oficinas en Moscú, San Petersburgo, Ekaterimburgo, Samara, Vladivostok, Rostov del Don y Krasnoiarsk, no como el Banco Mundial y la Corporación de Fomento Internacional (su brazo privado), que solo tienen en Moscú. ¿Qué tiene que ver ese sector con las decisiones políticas del Kremlin? Entre mi pasión por Rusia y mi afecto a mi antigua casa, el BERD, tengo que decir, como se dice en Málaga, donde vivo ahora, “tengo el corazón partido”.

Joaquín Abos es international banking & business advisor.

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Trump vuelve a Europa en pie de guerra contra Merkel | Mercados

La canciller alemana, Angela Merkel, al borde de las lágrimas tras una agria discusión con el presidente de EE UU en una dramática reunión del G20. Parece una premonición sobre la cumbre de las principales economías del planeta que se celebra este viernes y sábado en Hamburgo, con presencia, por primera vez, de Donald Trump. Pero no.

Los ojos de Merkel se empañaron en 2011, en Niza, tras una bronca con Barack Obama a cuento de la incapacidad de Berlín para resolver la crisis griega. Fue el punto más bajo de la relación entre Obama y Merkel, luego recompuesta.

Aquella dolorosa escena (evocada por el periodista francés Arnaud Leparmentier en su libro sobre la crisis del euro) parece un dulce recuerdo en comparación con los ataques frontales de Trump contra Alemania, unas arremetidas que pueden amargarle a Merkel otra cumbre del G20.

Merkel ejercerá de presidenta y anfitriona en su ciudad natal. Pero la cita del 7 y 8 de julio no se presta a florituras diplomáticas porque llega marcada por un grave deterioro de las relaciones entre Berlín y Washington.

Alemania, que asumió la presidencia del G20 en diciembre de 2016, confiaba en que la cumbre de Hamburgo reafirmaría la apuesta por el libre comercio, la lucha contra el cambio climático o la regulación financiera.

La irrupción de Trump, sin embargo, ha trastocado la escena mundial hasta tal punto que algunos analistas, como Hugh Jorgensen, creen que Hamburgo podría marcar el principio del fin del G20, un foro impulsado a raíz de la crisis financiera de 2008.

El Gobierno alemán apura las horas para evitar el desastre. Este martes estaba prevista la última reunión preparatoria de los expertos de cada país (los llamados sherpas) para intentar acercar posiciones. Y el portavoz de Merkel reconocía el lunes que “sin entrar en demasiados detalles, puedo decir que todavía hay cuestiones muy difíciles pendientes”.

Berlín también sopesa la posibilidad de un encuentro previo a la cumbre del viernes entre Merkel y Trump para limar aristas y evitar que el G20 descarrile definitivamente. Pero el resultado de la bilateral, si llega a producirse, es tan imprevisible como el multimillonario presidente.

Por desgracia para Merkel, además de imprevisible, Trump se muestra contumaz. Desde su llegada a la Casa Blanca hace cinco meses, el presidente no ha parado de fustigar a Alemania. Y lo ha hecho con tal dureza que algunas fuentes llegan a describir como “acoso” la actitud de Washington hacia la canciller alemana.

Alemania se ha convertido en la víctima europea de una Administración estadounidense que cuestiona abiertamente el orden internacional de los últimos 60 años. Y los continuos ataques contra Berlín socavan a la potencia sobre la que gira la Unión Europea desde hace una década y ponen en peligro la estabilidad de todo el club.

La escalada de tensión ha ido a más desde el primer encuentro en la Casa Blanca el pasado mes de marzo, cuando Trump ni siquiera llegó a estrechar la mano de Merkel en público.

Dos meses después, durante su primera gira europea, Trump aprovechó el momento más solemne de la inauguración de la nueva sede de la OTAN en Bruselas para echar en cara a los aliados europeos su escaso gasto en defensa, un reproche fundamentalmente dirigido a Berlín. Y en la misma gira, arremetió contra Alemania a puerta cerrada. “Los alemanes son malos, muy malos. ¿Han visto los millones de coches que venden en EE UU? Es terrible. Tenemos que pararlo”, habría afirmado el presidente estadounidense según el relato de fuentes comunitarias recogido por la revista alemana Spiegel.

Pero más allá de las quejas por el superávit comercial y la falta de gasto en armamento, la inquina de Washington hacia Berlín se perfila como una estrategia para mover el tablero europeo bajo los pies de su pieza principal.

En su segunda visita a Europa, que se inicia esta noche, Trump dejará claras sus intenciones con una primera escala en Varsovia, donde la llegada del presidente de EE UU se interpreta como una señal de apoyo ante el creciente conflicto con Bruselas por la presunta deriva antidemocrática del gobierno polaco.

En Varsovia, además, Trump se reunirá con los líderes de los países de Europa central y del Este, muchos de ellos disgustados por el diktat alemán dentro de la UE y temerosos de que Berlín se desentienda de ellos para congraciarse con Moscú.

Las intenciones de Washington de colocar una cuña que agrave la división de la UE entre este y oeste quedaron claras en junio. El Senado de EE UU aprobó ese día un proyecto de ley sobre las sanciones a Rusia que amenaza con represalias a las compañías (casualmente europeas) que colaboren en la construcción del gasoducto Nordstream 2, el proyecto de 9.500 millones de euros con el que la rusa Gazprom espera multiplicar sus exportaciones de gas hacia Alemania. Se trata, casualmente, de un proyecto ansiado por Berlín y odiado por varios socios de la UE, con Polonia al frente.

Los ministros de Exteriores de Alemania y Austria respondieron a la votación del Senado con un comunicado iracundo, en el que acusan a EE UU de poner en peligro la unidad del bloque occidental en el castigo a Moscú por la invasión de Crimea 2014. Pero la indignación de Berlín se debe, sobre todo, a la interferencia de Washington en su conflicto energético con los socios del Este.

La estrategia de Trump ha logrado que Merkel pierda los nervios. Y el habitual aplomo de la canciller empieza a resquebrajarse como en aquella noche de Cannes en 2011.

En un gesto muy poco habitual, la canciller invitó la semana pasada a Berlín a los primeros ministros de los países europeos del G20 Francia, Italia y Reino Unido), al invitado permanente (España) y a los invitados a la cita de Hamburgo (Holanda y Noruega). Objetivo: pactar una posición común europea que no deje a Merkel sola en caso de que Trump dinamite la cumbre de Hamburgo.

Los europeos buscan también ayuda en otras partes del planeta y quieren sellar cuanto antes un acuerdo de libre comercio con Japón que, junto al de Canadá (firmado a principios de año), muestre que la globalización no se para.

Pero lejos de aceptar proclamas contra el proteccionismo, Trump llega a Alemania con la amenaza de desencadenar una guerra comercial en el sector siderúrgico. Washington estudia invocar una vieja norma de seguridad nacional, ligada a la guerra fría, para frenar la entrada en el país de importaciones de acero. La medida pretende blindar al sector siderúrgico estadounidense frente a China, que produce la mitad del acero mundial. Pero, curiosamente, la decisión golpearía violentamente a la industria alemana y europea.

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