¿Favorece el mercado único el separatismo? | Mercados

Independientemente de lo que suceda con la votación del 1-O en Cataluña, considerada ilegal por el Gobierno español, es poco probable que el anhelo de nacionalidad dentro de la comunidad autónoma termine. La disputa en torno a la división de España tiene mucho en común con la batalla por la separación escocesa, que culminó en un referéndum en 2014 que rechazó por poco la independencia.

Los dos movimientos son amenazas a uniones políticas que llevan siglos en vigor –desde 1516 en el caso de Cataluña y desde 1707 en el de Escocia. ¿Por qué se ha vuelto tan poderoso el deseo de convertir las identidades nacionales en naciones?

Si bien hay muchas razones, la creencia de los nacionalistas de que los estados independientes pueden ser miembros de la Unión Europea es un factor importante. Fuera de la UE, la independencia provocaría un impacto desastroso. El bloque económico más grande del mundo, aún muy exitoso, ofrece seguridad.

Si los políticos cooperan, la transición podría ser relativamente sencilla. Allá donde importa la economía de escala, Bruselas ya establece las normas. En el ámbito de la política de competencia, las normas de los productos y la lidia con la competencia extranjera, la independencia no cambiaría casi nada. Todas las grandes y muchas medianas empresas europeas ya prestan poca atención a las fronteras interiores de la UE, por lo que unas pocas líneas nacionales más marcarían relativamente pocas diferencias.

Por supuesto, los políticos podrían no cooperar. El Gobierno español, con un ojo en su propia región rebelde, trató despectivamente las afirmaciones escocesas de que retendrían la pertenencia al mercado único después de la independencia. Pero la realidad sobre el terreno tiene la forma de cambiar las mentes. Es probable que los separatistas tengan razón al creer que su patrimonio y el deseo serían suficientes para persuadir a la UE de que se saltara el procedimiento habitual para los nuevos miembros.

Pasar el control a Barcelona o Edimburgo significaría también deshacer lazos económicos y jurídicos nacionales acumulados a lo largo de los siglos. Sería complicado y no debería subestimarse. Sin embargo, ambas jurisdicciones ya tienen una gran autonomía, y al menos Cataluña no tendría que pensar en cambiar de moneda.

Tampoco es el paraguas económico de la UE una panacea. Escocia depende de las transferencias fiscales de Reino Unido, y el temor a perder fondos de Londres pudo ser el factor decisivo en el voto escocés. La caída del precio del petróleo –que afecta a los potenciales ingresos fiscales posteriores a la independencia– ha enfriado el entusiasmo del Partido Nacional Escocés por otro referéndum. Sin embargo, sin el trasfondo de una unión económica más grande, la idea de separarse probablemente nunca habría despegado.

Puede parecer extraño que los secesionistas vean el relativamente nuevo sistema europeo, con su engorrosa burocracia y su falta de democracia, como un buen sustituto de las antiguas uniones políticas nacionales. Sin embargo, las peculiares estructuras de la UE proporcionan amortiguador económico más que protector para las personas que quieren una nación que incorpore sus identidades ciudadanas.

El éxito de esta comunidad multinacional de gestión centralizada ha socavado las rígidas afirmaciones históricas sobre la soberanía política. La UE ha creado un nuevo tipo de soberanía: parcial y supranacional. Sus Estados miembros tienen una variedad diferente pero igualmente nueva de soberanía.

Durante las primeras décadas del experimento europeo, los creyentes en las fronteras tradicionales y claras de la nación moderna declararon que el proyecto estaba condenado. Sin embargo, la tendencia se está moviendo en la otra dirección. El éxito económico y la libre circulación de personas, así como de bienes, servicios y capital, han fortalecido las identidades duales y la doble política: francoeuropea, hispanoeuropea e incluso británicoeuropea.

Las autoridades de Madrid respaldaron en la práctica la nueva visión cuando se incorporaron a la Comunidad Económica Europea en 1986, como habían hecho sus pares en Londres en 1973. Tardaron unas pocas décadas, pero los nacionalistas regionales han asumido esta nueva comprensión de la nacionalidad. ¿Por qué ser catalán-español cuando se puede ser catalán-europeo?

Los partidarios de una salida británica de la UE son muy conscientes de los nuevos tipos de soberanía. Si bien sus temores de un superestado europeo son exagerados, tienen razón al esperar que la UE se volverá más influyente. Como sugirió esta semana el Grupo Socialista del Parlamento Europeo, esto significa una mayor toma de decisiones a nivel panregional y un papel menor para los Gobiernos nacionales.

Los secesionistas regionales y los entusiastas del brexit han respondido a la nueva soberanía de manera diametralmente opuesta. Los catalanes y los escoceses quieren un hogar europeo, mientras que los votantes británicos escogieron por poco margen un retorno a la vieja clase de nación en el referéndum del año pasado.

Los descontentos británicos no captaron cuántas cosas han cambiado. Para salir, ahora deben romper o remodelar miles de vínculos económicos establecidos con el resto de Europa. Está lejos de estar claro que puedan manejar eso sin provocar daños económicos severos. Y la salida de ReinoUnido puede dar un nuevo impulso a los escoceses amantes de la UE, siempre que puedan llegar a ser lo suficientemente prósperos como para prescindir de los subsidios ingleses.

Al igual que los secesionistas regionales, los activistas del brexit aprovecharon las ventajas de la economía europea. Parecen haber asumido que el mercado único permanecería abierto para ellos. Para estos secesionistas, sin embargo, eso fue un error. La UE apoya a sus miembros, pero no a los que la abandonan.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías.

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