La ciudad como motor de transición energética | Compañías

Se acaba de celebrar en Miami la Conferencia de alcaldes de Estados Unidos en la que participan representantes de localidades estadounidenses de más de 30.000 habitantes. Con más de 250 ciudades presentes, este reconocido foro sirve para compartir ideas y desarrollar nuevo programas vinculados al desarrollo de las ciudades. La que viene a ser octogésimo quinta Conferencia de Alcaldes acabó en un auténtico órdago de los líderes urbanos contra la Administración Trump. Alcaldes frente a presidente, lo urbano frente a lo rural, multiculturalidad frente a mayoría blanca, globalización frente al voto anti-establishment, la brecha interna que vive EEUU resulta más evidente que nunca.

La conferencia ha manifestado un hondo malestar ante la falta de interés gubernamental por la transición energética. Las urbes dicen un no rotundo a la retirada estadounidense del Acuerdo de París y se autoproclaman en valedoras de las energías renovables, diga lo que diga la Casa Blanca. En el último día de conferencia los ediles se comprometieron, de forma casi unánime, a abastecer sus ciudades de forma exclusiva con energías renovables, principalmente eólica y solar, antes de 2035.

Con ello las ciudades americanas pretenden alcanzar los compromisos adquiridos por EEUU en el Tratado de París más allá de la permanencia o no permanencia del país en el macro acuerdo. Si no en su totalidad, en una buena parte. Su compromiso podría valer para alcanzar las metas estadounidenses para 2025 en cuanto a reducción de emisiones de carbono en un porcentaje estimado de entre un 87% y un 110%. Los alcaldes no exageran, efectivamente tienen mucho que decir en un mundo cada vez más urbanita. La población mundial crece al ritmo en el que crecen sus ciudades, el campo se está retrayendo año a año, con una población cada vez más menguada, envejecida y menos formada. Según los expertos la economía del conocimiento no ha valido para deslocalizar los empleos y los focos productivos, sino más bien para todo lo contrario, para alimentar la concentración en grandes ciudades, que son ahora auténticas líderes de un mundo en plena transformación.

El área energética no es ajena a esta macro-tendencia. Este sector ha estado tradicionalmente ligado a la toma centralizada de decisiones, en materia legislativa, técnica y operativa. El Estado decidía y marcaba directrices en aras de la seguridad energética nacional, por lo que las unidades territoriales más pequeñas, como las ciudades, poco tenían que aportar en este campo. Pero la introducción de nuevo actores está cambiando radicalmente el escenario para promover una mayor descentralización de los centros de toma de decisiones en materia de energía. Actores como la sostenibilidad, la nueva economía colaborativa, el autoconsumo energético o la contaminación como un problema creciente y a gestionar por los entes locales.

La presión social esta obligando a las ciudades a reinventarse a pasos de gigante y muchas de ellas lo están consiguiendo. Las urbes están sacando más partido que nadie de la rápida maduración que las nuevas tecnologías ofrecen en generación y eficiencia energéticas. Su estructura les permite reaccionar a cambios y oportunidades de forma más ágil que la lenta administración estatal. Así que están creando sobre la marcha nuevos modelos de morfología urbana en los que la edificación sostenible e inteligente, los vehículos eléctricos o las energías renovables se convierten en auténticos pilares.

El urbanismo del siglo XX, construido alrededor de una energía abundante y relativamente barata de origen fósil ya no vale. Los modelos urbanos post-petróleo están cada vez menos atentos a los caprichos de la arquitectura y del diseño, y más centrados en la climatología, la sostenibilidad y lo renovable. La energía solar está consolidándose como una de las grandes ganadoras del mapa urbano gracias a su flexibilidad para adaptarse a construcciones existentes y a la excelente relación rendimiento-coste que ofrece. Sus aplicaciones son muy diversas, por lo que la solar está llamada a revolucionar el modo en el que la persona interactúa con su entorno.

Me refiero a los sistemas termosolares en edificios, al mobiliario urbano pensado para aprovechar la luz (marquesinas, semáforos, farolas o parkings solares) y hasta a las carreteras con placas fotovoltaicas, como la recientemente inaugurada en Normandía.

La energía geotérmica, aunque menos desarrollada, también tiene mucho que aportar en este contexto. La llamada District Heating&Cooling por geotermia (redes urbanas de calor y frío) ofrece prestaciones difíciles de igualar en cuanto a estabilidad, sostenibilidad y coste.

 

Nervis Villalobos es Director Técnico y de Operaciones en Enersia Technology & Innovation

 

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El G20 se hunde en la misma vía de parálisis que la OMC | Mercados

El G20 envejece rápido y mal. Y tras su undécima cumbre, en Hamburgo el 7 y 8 de julio, el foro de las grandes economías del planeta parece ya condenado a la misma parálisis e inacción que sufrió la Organización Mundial de Comercio (OMC) a partir de los grandes movimientos antiglobalización de principios de este siglo.

El declive del G20 incluso podría ser mucho más rápido porque cuenta con la oposición del presidente de EE UU, Donald Trump, y no dispone de estructuras estables como la OMC.

Si llegan a celebrarse las cumbres del G20 durante el resto del mandato de Trump (Argentina, Japón y Arabia Saudí) solo pueden aspirar a mantener la fachada de unas reuniones surgidas en 2008 y que una década después difícilmente puede acompasar la Francia de Macron con la Rusia de Putin, los EE UU de Trump con la UE del brexit o la dictadura comunista de China con la dictadura teocrática de Arabia Saudí.

“El mundo jamás ha estado tan dividido como ahora”, señaló el presidente francés, Emmanuel Macron, tras asistir en Hamburgo a su primera cumbre del G20. El diagnóstico del aspirante a liderar Europa suena, sin duda, exagerado. Pero descontando su tendencia a la hipérbole, el francés acierta al retratar un nuevo escenario mundial “en el que las fuerzas centrífugas nunca han sido tan poderosas”.

La reunión de Hamburgo, como reconoció la anfitriona y presidenta, Angela Merkel, solo ha servido para constatar la división del foro. “Siempre que no es posible lograr el consenso hay que dejar claras las diferencias”, señaló la canciller alemana sobre el choque de EE UU y el resto de líderes en relación al Acuerdo de París sobre cambio climático.

La escisión en política energética y medioambiental fue la más visible. Pero no la única ni, probablemente, la más grave. Las fuerzas centrífugas se hicieron sentir y se impusieron en otros ámbitos, muy en particular, en la agenda comercial y de inversión.

“Al menos se ha evitado la marcha atrás en muchos puntos”

 

“Al menos”, señaló Macron con cierto alivio, “se ha evitado la marcha atrás en muchos puntos”. La delegación estadounidense, sin embargo, salió de Hamburgo convencida de haber abierto paso a las tesis partidarias de una reorganización del proceso de globalización.

Y, en efecto, la Declaración del G20 a mediodía del sábado se aleja diametralmente de la pactada en la cumbre de Hangzhou (China) en septiembre del año pasado, la última con presencia de Barack Obama.

El G20 expresó en la cumbre china su “oposición a cualquier forma de proteccionismo en el comercio y la inversión”. Y se comprometió a congelar y desmantelar todas las medidas proteccionistas en 2018.

La Declaración de Hamburgo reitera la llamada a luchar contra el proteccionismo. Pero han desaparecido todos los detalles de esa lucha. Y, de manera muy significativa, ya no se concede a la OMC “un papel central” ni se aboga por “reforzar ese organismo”, como recogía en la declaración de Hangzhou.

En Hamburgo, a petición expresa de Trump, se reconoce, además, la legitimidad de ciertos instrumentos de defensa frente a prácticas comerciales anticompetitivas. Una vía que Washington se propone estrenar de manera unilateral y al margen de la OMC en el sector siderúrgico si China no pone fin a la exportación subsidiada de sus excedentes de acero, cifrados en 300 millones de toneladas al año, el doble de toda la producción de la UE.

La victoria simbólica de Trump no significa el fin del libre cambio al igual que las declaraciones anteriores del G20 no supusieron el final del proteccionismo. Al fin y al cabo, en 2016, antes del relevo en la Casa Blanca, los 10 países con más proteccionistas eran todos miembros del G20, según datos de la Comisión Europea. Y ese año se adoptaron un total de 36 barreras comerciales, 15 de ellas en miembros del G20, lo que elevó a 372 el número de impedimentos al libre comercio y la inversión, según la valoración de la CE.

Pero la presencia en la Casa Blanca de un proteccionista y la Declaración de Hamburgo entonando el mea culpa sobre la falta de ecuanimidad de la globalización darán alas a los países partidarios de levantar barreras y restará fuerza a las peticiones para derribarlas. Y cumbres como la del pasado fin de semana difícilmente podrán evitar la nueva deriva mundial.

Objetivo cumplido

El propio Macron parece distanciarse de un foro creado en una etapa con la que él pretende romper igual que Trump, aunque por diferentes razones y con diferentes objetivos.

“El G20 se creó hace una década para estabilizar el sistema financiero (…) Hoy es un foro en el que se constatan las divergencias debido a la pujanza de fuerzas autoritarias, de la incomprensión y de la imprevisibilidad”, señaló Macron, en clara alusión a los líderes de Rusia (Vladimir Putin), Turquía (Recep Tayyip Erdogan) o EE UU, entre otros.

Hamburgo es solo la undécima cita de unas cumbres nacidas en noviembre de 2008, tras la caída de Lehman Brothers y a propuesta del presidente francés, Nicolas Sarkozy.

El objetivo de Sarkozy, tan hiperbólico como el actual inquilino del Elíseo, era “refundar el capitalismo”, tarea aún pendiente. Pero el G20 logró evitar una gran depresión mundial, sobre todo, a partir de la reunión de Londres en 2009, la primera a la que asistió Obama.

Bajo el liderazgo del presidente de EE UU y del primer ministro británico, Gordon Brown, los líderes de unos países que representan el 85% del PIB mundial concertaron estímulos de hasta cuatro billones de dólares que calmaron los mercados.

En teoría, el G20 marcaba también el inicio de un nuevo orden económico tras la Gran Recesión. “El consenso de Washington se ha terminado”, afirmó Brown tras la reunión de Londres, dando por finiquitadas las recetas liberales del último medio siglo.

Pero el G20 evolucionó justamente en dirección contraria y, a pesar de su dudosa representatividad, recogió el testigo de la liberalización comercial perdido por la OMC tras las grandes manifestaciones antiglobalización en lugares como Seattle o Génova.

Tras la urgencia de la crisis, las reuniones del G20 pasaron en 2011 de semestrales a anuales. Y la reforma del sector financiero y la lucha contra los paraísos fiscales dejó paso a un énfasis a favor de la globalización bajo el marco de la OMC. Las manifestaciones en Hamburgo muestran que ahora, como el en el 2000, hay una parte de la opinión pública que se resiste a ese planteamiento. Y contra todo pronóstico, esta vez cuentan con el presidente de EE UU como aliado y enemigo. Una pinza que puede quebrar al G20.

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El G20 rebaja su agenda liberal para evitar la ruptura con Trump | Mercados

La cumbre del G20 celebrada en Hamburgo bajo presidencia de la canciller alemana, Angela Merkel, ha concluido con una declaración común que rebaja la ambición liberalizadora del foro mundial que impulsa desde 2008 la respuesta global a la Gran Recesión económica.

Los líderes de las principales economías del planeta han tenido que aceptar la legitimidad de ciertas prácticas proteccionistas para evitar una ruptura con el presidente de EE UU, Donald Trump, que asistía por primera vez a este tipo de cumbres.

La ofensiva proteccionista de EE UU y la creciente resistencia de la opinión pública, traducida en grandes manifestaciones en Hamburgo, han contribuido a un drástico cambio de tono en la cumbre anual del G20.

“Salarios justos y decentes, componentes claves”

 

En la declaración final, los líderes del G20 “reconocemos que los beneficios del comercio internacional y la inversión no se han repartido de manera suficientemente amplia“. Los líderes también “enfatizamos que salarios justos y decentes así como el diálogo social son componentes claves para que las cadenas de producción mundial sean sostenibles e inclusivas”.

El documento final, pactado tras dos jornadas de debate en la principal ciudad portuaria de Alemania, reitera el llamamiento contra el proteccionismo de anteriores ediciones. Pero “reconoce el papel de instrumentos legítimos de defensa”, una concesión a Trump, que desea adoptar represalias contra los países a los que acusa de prácticas comerciales desleales.

Merkel se ha mostrado satisfecha por el resultado. Y ha celebrado que, al menos, se admita que el objetivo “es mantener los mercados abiertos”.

Ultimátum en acero

La cumbre de Hamburgo también parece haber frenado por el momento las intenciones de Trump de castigar con aranceles a las importaciones siderúrgicas, una penalización que hubiera perjudicado, sobre todo, a China y Alemania.

Pero la amenaza sigue en el aire porque el G20 ha fijado de plazo hasta agosto de este año para que todos los miembros del club cumplan el compromiso acordado en 2016 de facilitar la información necesaria para atajar el problema de la sobrecapacidad en producción de acero. Esa información debería traducirse en medidas concretas en noviembre de este año.

El acuerdo de París resiste

Trump ha tenido mucho menos éxito en su ataque contra el Acuerdo de París sobre cambio climático, del que EE UU ha decidido retirarse. El resto de líderes mundiales ha reafirmado que consideran “irreversible” ese Acuerdo. Y Merkel se ha congratulado por el hecho de que ningún país haya secundado la espantada de Trump, a pesar de las dudas que algunos países albergan sobre la aplicación de los objetivos de reducción de emisiones.

Aun así, el inquilino de la Casa Blanca no se rinde y ha logrado que la Declaración final de Hamburgo incluya la intención de EE UU de “colaborar estrechamente con otros países para ayudarles a acceder y usar combustibles fósiles”.

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Trump socorre a Londres con la oferta de un “gran acuerdo” comercial | Mercados

El presidente de EE UU, Donald Trump, ha acudido hoy en ayuda de la primera ministra británica, Theresa May, vapuleada dentro y fuera de sus fronteras por su fiasco electoral del 8 de junio y su continua indecisión sobre las negociaciones del brexit.

Trump ha afirmado en Hamburgo, donde se ha reunido con May aprovechando la cumbre del G20, que “estamos trabajando en un acuerdo comercial, un gran, enorme y poderoso acuerdo comercial, grande para ambos países”. El magnate se ha mostrado convencido, además, de que el gigantesco pacto “se podrá concluir rápido, muy rápidamente”.

El espaldarazo a May supone la segunda andanada de Trump en asuntos que pueden impactar en la política interna de la UE. El pasado jueves, en Polonia, el presidente de EE UU celebró una acumbre con 11 países de Europa Central y del Este, gesto interpretado como un apoyo a los socios de la UE que se han rebelado contra la política migratoria y energética dictada por Berlín.

“Si necesitan energía, no tienen más que llamarnos”, prometió Trump a los líderes de unos países que temen verse aislados energéticamente por los acuerdos de suministro de gas entre la canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente ruso, Vladimir Putin.

“No hay país que pueda mantener una relación tan estrecha como la nuestra”

 

Hoy el ataque contra la UE ha venido por el flanco occidental, con un apoyo inequívoco a Londres en un momento en que la posición de esa capital parecía debilitada frente a Bruselas. “No hay país que pueda mantener una relación tan estrecha como la de nuestros dos países”, ha asegurado Trump sobre EE UU y Reino Unido.

La oferta de una acuerdo comercial a Londres también socava la estrategia de Bruselas y Berlín en la negociación de la salida del Reino Unido de la UE o brexit.

El club europeo presiona a Londres para que acepte saldar sus cuentas financieras y cerrar un pacto sobre los derechos de los ciudadanos antes de empezar a preparar, a finales de este año, el acuerdo que regirá la futura relación comercial y de inversión entre ambas orillas del canal de la Mancha.

May respondió a esa estrategia con la amenaza de levantarse de la mesa y salir de la UE en 2019 sin ningún tipo de acuerdo. Un órdago perdido tras su batacazo electoral del pasado mes, que le costó a los conservadores la mayoría absoluta en el Parlamento británico.

Pero la oferta de Trump devuelve cierto vigor a la primera ministra británica. Y, sobre todo, alienta el sueño de Londres de vincular la negociación del brexit a la relación transatlántica para llegar a un acuerdo tripartito (UE-Reino Unido-EEUU) que garantice a las islas británicas una relación privilegiada con ambas partes. Esa posibilidad, conocida como un TTIP ampliado (en referencia al frustrado acuerdo comercial de Bruselas con Washington) había sido aparcada hasta ahora. Pero el apoyo de Trump a May vuelve a colocar ese escenario sobre la mesa.

Rápido acuerdo

El anuncio de Trump de que las negociaciones con Londres ya están en marcha favorece también al gobierno británico, que podría contar con un gran acuerdo en 2019 si las negociaciones con la UE descarrilan.

Bruselas ya aceptó que Reino Unido podía negociar bilateralmente aunque fuese miembro todavía de la UE. La única condición es que los acuerdos de Londres con terceros países solo pueden entrar en vigor una vez consumado el brexit.

 

 

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El G20 intenta sobrevivir al huracán proteccionista de Trump | Mercados

Hamburgo fue protagonista de la liga Hanseática, una de las primeras victorias del mercantilismo sin fronteras contra las demarcaciones políticas y territoriales. Y también fue testigo del hundimiento de esa red de más de 200 ciudades y puertos en la Europa germánica a raíz de la guerra de los 30 años.

Tres siglos y medio después, Hamburgo acoge (este viernes y sábado) la cumbre de algunas de las mayores economías del planeta (el llamado G20) con la dramática sensación de asistir al final de una etapa histórica en el comercio mundial.

La canciller alemana, Angela Merkel, anfitriona y presidenta del encuentro, admitía el viernes que la batalla entre la defensa de la globalización por parte de Europa y el proteccionismo impulsado por EE UU será de tal magnitud que los expertos de ambas partes deberán negociar durante toda la noche para llegar el sábado, con suerte, a un punto de consenso suficientemente aguado e inocuo como para recibir el apoyo unánime.

Casi todo el planeta

Los miembros del G20 suponen el 80% del PIB mundial y el 75% del comercio global. Faltan países ricos como Suiza y emergentes como Nigeria, y están presentes economías más pequeñas como Sudáfrica.

El G20, del que España forma parte como invitado permanente, se encuentra tan dividido que ni siquiera se pone de acuerdo sobre temas que se daban por descontados. En el aire está la lucha contra el cambio climático (abandonada por EE UU) o asuntos aparentemente poco controvertidos como la persecución de las organizaciones que se lucran con el transporte de inmigrantes ilegales a Europa.

“Hoy es muy dífícil ser optimista”

 

“Hoy, es muy difícil ser optimista”, reconocía este viernes el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk en Hamburgo, poco antes de la primera reunión del G20, tras constatar la resistencia de varios países a secundar las sanciones contra los “pasadores” de emigrantes.

Con el consenso internacional hecho trizas, el estreno en el foro de Donald Trump puede ser el huracán que arrase los restos del G20, la respuesta global a la crisis financiera de 2008 que el nuevo presidente de EE UU quiere desmontar.

Bruselas teme que tras el G20, Trump decrete un castigo arancelario a las importaciones de acero que golpearía a China y Alemania. El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, advirtió en Hamburgo que si Trump cumple su amenaza “la UE responderá de manera inmediata”. El riesgo de una guerra comercial parece evidente y el futuro del G20 estaría en entredicho.

“Si el G20 no existiera, habría que crearlo”

 

“Si el G20 no existiera hoy, habría que crearlo”, clama en Hamburgo un manifiesto de Business20 (B20), plataforma empresarial impulsada por las patronales alemanes. Los empresarios recuerdan que desde el arranque de la última oleada globalizadora en 1990, el comercio mundial se ha multiplicado por cinco y la renta per cápita mundial se ha multiplicado por 2,5.

Pero Trump interpreta que esa globalización ha ido en detrimento de la clase media de su país y llega a Hamburgo dispuesto a poner fin a un orden comercial al que achaca un déficit en la cuenta corriente del país de 300.000 millones de euros.

Alemania, que desde el nacimiento del euro en 1999 ha pasado de un déficit en cuenta corriente de 37.000 millones a un superávit de 261.000 millones en 2016, defenderá el libre mercado con un énfasis hanseático. El choque entre ambas visiones parece tan inevitable como hace 300 años.

La única duda estriba en saber quien saldrá escaldado del “infierno” en que los manifestantes antiglobalización dicen haber convertido Hamburgo, la ciudad natal de Merkel. La primera víctima fue Melania Trump, esposa del presidente de EE UU que no pudo salir de su residencia en la ciudad a causa de los disturbios.

Primer encuentro Trump-Putin

La cumbre del G20 facilitó viernes para el primer encuentro entre el presidente de EE UU, Donald Trump, y su homólogo de Rusia, Vladimir Putin. La cita, marcada por las sospechas sobre la posible injerencia rusa en las elecciones que llevaron a Trump a la Casa Blanca, duró dos horas y 15 minutos, cuatro veces el tiempo previsto. Y sirvió, oficialmente, para retomar una posible tregua en la guerra de Siria.

España, optimista

El gobierno español, que acude al G20 en calidad de invitado permanente, se mostró optimista en Hamburgo miniizó el riesgo de una guerra comercial entre la UE y EE UU.

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Trump y Merkel libran la gran batalla entre libre comercio y proteccionismo | Mercados

La canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente de EE UU, Donald Trump, librarán este viernes y sábado en Hamburgo la primera gran batalla dentro del G-20 entre los defensores del libre comercio y los partidarios de recuperar ciertas barreras proteccionistas.

“Se equivoca tristemente quien crea que los problemas del planeta se pueden resolver con aislacionismo y proteccionismo”, señaló este jueves Merkel ante el Parlamento alemán.

La canciller alemana hizo un canto al multilateralismo y defendió la vigencia del G-20 “ahora más que nunca” y del Acuerdo de País sobre el cambio climático “que tras la retirada de EE UU, estamos más decididos que nunca a convertirlo en un éxito”.

Trump, en cambio, inició el miércoles su segunda gira europea (hasta el sábado) decidido a exigir medidas drásticas contra los países que cometan dumping exportador, sospecha que recae sobre Alemania y China. Y amenaza con desencadenar una guerra comercial si en la cumbre de Hamburgo no se logra poner coto a las exportaciones siderúrgicas de China.

Tras la primera gira europea (en mayo) Trump volvió a Washington y anunció la retirada del Acuerdo de París. Ahora podría introducir aranceles que penalizarían no solo a las exportaciones de acero chino sino también a las europeas. Bruselas ya ha advertido que, en ese caso, también adoptará medidas contra EE UU, lo que podría provocar una escalada de aranceles y trabas al comercio transatlántico.

Europa busca aliados internacionales para frenar a Trump y evitar una deriva proteccionista que, según algunos analistas, podría suponer el principio del fin del G-20. Y esa estrategia ha llevado este jueves a la UE a anunciar un principio de acuerdo con Japón sobre un acuerdo de libre comercio que esperan entre en vigor en 2019.

“El mundo no tiene necesidad de volver atrás 100 años”

 

“Algunos dicen que vuelven el aislacionismo y la desintegración, pero estamos demostrando que no es así, que el mundo no tiene necesidad de volver 100 años atrás”, celebró el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, tras una cumbre en Bruselas con el primer ministro japonés, Shinzo Abe. Bruselas confía en que este acuerdo y el suscrito con Canadá a principios de año sirva de munición a Merkel para la batalla de Hamburgo.

La canciller juega en casa, porque la cumbre anual de las principales economías del planeta se celebra bajo su presidencia y en su ciudad natal.

Pero el presidente estadounidense lanzó el jueves el primer golpe contra la retaguardia de Merkel, con una cumbre en Varsovia para alentar la revuelta de los países de Europa del Este contra una Unión Europea dominada por Berlín.

La presencia de Trump reconfortó al Gobierno polaco, amenazado por Bruselas con la suspensión de derecho de voto en la UE si continúa con su presunta deriva autoritaria. Y reforzó las quejas de Polonia y el resto de países de la zona contra la política energética de Merkel, basada en una creciente dependencia de Rusia.

“Si necesitan energía, no tienen más que llamarnos”

 

Si alguno de ustedes necesita energía, no tiene más que llamarnos”, ofreció Trump a los líderes de los 11 socios de la UE presentes en Varsovia para una reunión de la llamada Iniciativa de los Tres mares [Adriático, Báltico y Negro].

“EE UU nunca usará su energía para presionar a sus naciones y no podemos permitir que otros lo hagan”, prometió Trump a unos países que han sufrido más de un invierno el cierre de los gasoductos desde Moscú.

Esos socios han intentado frenar, sin éxito, el proyecto impulsado por Berlín y Moscú para doblar el gasoducto del Báltico (Nordstream 2) que suministrará energía directamente a Alemania, lo que interpretan como una vía para aislarles energéticamente. Trump les ha dejado claro en su visita que “EE UU no dejará que ningún país sea rehén de una manipulación del mercado energético”, según detalló la Casa Blanca.

A principios de este mes, Polonia ya recibió los primeros suministros de gas licuado procedentes de EE UU. Y Trump ha recordado en Varsovia que Croacia está construyendo una regasificadora flotante, que podría entrar en servicio en 2019, para incrementar la llegada de suministro estadounidense.

Frente a esa ofensiva, las defensas de Berlín y Bruselas parecen enclenques. Por un lado, la unidad del club europeo corre peligro si la oferta de Trump de seguridad y energía seduce, como parece probable, a los países del Este.

Y por otro lado, los lazos comerciales con Canadá y Japón, aunque importantes, no son contrapeso suficiente para la relación transatlántica. El comercio en bienes de la UE con Canadá es solo de 71.000 millones de euros, la décima parte que con EE UU. Y con Japón de 134.000 millones, la quinta parte.

Acuerdo con Tokio favorable a España


  • La UE y Japón alcanzaron ayer en Bruselas un principio de acuerdo sobre un futuro Tratado que en un plazo de 10 años desde su entrada en vigor liberalizará el 99% del comercio bilateral entre las dos partes.

  • Bruselas y Tokio han acelerado la negociación con el objetivo de presentar el acuerdo antes de la cumbre del G20 en Hamburgo y enviar así una señal a favor del libre comercio frente a la ofensiva proteccionista de Donald Trump.

  • Las prisas han obligado a reducir la ambición del acuerdo, que deja fuera la parte de inversión por la negativa de Japón a renunciar a los sistemas de arbitraje extrajudicial Bruselas no se atreve a incluirlos por temor a una reacción en contra de la opinión pública como en el TTIP (el acuerdo que se negociaba con EE UU). Japón ha aceptado, en cambio, un período transitorio de siete años para la liberalización total del mercado europeo de automóviles.

  • La Comisión Europea confía en que el acuerdo permita aumentar en 20.000 millones de euros el valor de las exportaciones europeas a Japón, que en bienes y servicios rondan los 80.000 millones al año.

  • El acuerdo supondrá un ahorro en aranceles de hasta 1.000 millones de euros al año, especialmente en sectores favorables a España como cerdo, vinos, o zapatos.

  • Bruselas espera que el Tratado se pueda firmar en 2018 y que entre en vigor en 2019.

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Trump vuelve a Europa en pie de guerra contra Merkel | Mercados

La canciller alemana, Angela Merkel, al borde de las lágrimas tras una agria discusión con el presidente de EE UU en una dramática reunión del G20. Parece una premonición sobre la cumbre de las principales economías del planeta que se celebra este viernes y sábado en Hamburgo, con presencia, por primera vez, de Donald Trump. Pero no.

Los ojos de Merkel se empañaron en 2011, en Niza, tras una bronca con Barack Obama a cuento de la incapacidad de Berlín para resolver la crisis griega. Fue el punto más bajo de la relación entre Obama y Merkel, luego recompuesta.

Aquella dolorosa escena (evocada por el periodista francés Arnaud Leparmentier en su libro sobre la crisis del euro) parece un dulce recuerdo en comparación con los ataques frontales de Trump contra Alemania, unas arremetidas que pueden amargarle a Merkel otra cumbre del G20.

Merkel ejercerá de presidenta y anfitriona en su ciudad natal. Pero la cita del 7 y 8 de julio no se presta a florituras diplomáticas porque llega marcada por un grave deterioro de las relaciones entre Berlín y Washington.

Alemania, que asumió la presidencia del G20 en diciembre de 2016, confiaba en que la cumbre de Hamburgo reafirmaría la apuesta por el libre comercio, la lucha contra el cambio climático o la regulación financiera.

La irrupción de Trump, sin embargo, ha trastocado la escena mundial hasta tal punto que algunos analistas, como Hugh Jorgensen, creen que Hamburgo podría marcar el principio del fin del G20, un foro impulsado a raíz de la crisis financiera de 2008.

El Gobierno alemán apura las horas para evitar el desastre. Este martes estaba prevista la última reunión preparatoria de los expertos de cada país (los llamados sherpas) para intentar acercar posiciones. Y el portavoz de Merkel reconocía el lunes que “sin entrar en demasiados detalles, puedo decir que todavía hay cuestiones muy difíciles pendientes”.

Berlín también sopesa la posibilidad de un encuentro previo a la cumbre del viernes entre Merkel y Trump para limar aristas y evitar que el G20 descarrile definitivamente. Pero el resultado de la bilateral, si llega a producirse, es tan imprevisible como el multimillonario presidente.

Por desgracia para Merkel, además de imprevisible, Trump se muestra contumaz. Desde su llegada a la Casa Blanca hace cinco meses, el presidente no ha parado de fustigar a Alemania. Y lo ha hecho con tal dureza que algunas fuentes llegan a describir como “acoso” la actitud de Washington hacia la canciller alemana.

Alemania se ha convertido en la víctima europea de una Administración estadounidense que cuestiona abiertamente el orden internacional de los últimos 60 años. Y los continuos ataques contra Berlín socavan a la potencia sobre la que gira la Unión Europea desde hace una década y ponen en peligro la estabilidad de todo el club.

La escalada de tensión ha ido a más desde el primer encuentro en la Casa Blanca el pasado mes de marzo, cuando Trump ni siquiera llegó a estrechar la mano de Merkel en público.

Dos meses después, durante su primera gira europea, Trump aprovechó el momento más solemne de la inauguración de la nueva sede de la OTAN en Bruselas para echar en cara a los aliados europeos su escaso gasto en defensa, un reproche fundamentalmente dirigido a Berlín. Y en la misma gira, arremetió contra Alemania a puerta cerrada. “Los alemanes son malos, muy malos. ¿Han visto los millones de coches que venden en EE UU? Es terrible. Tenemos que pararlo”, habría afirmado el presidente estadounidense según el relato de fuentes comunitarias recogido por la revista alemana Spiegel.

Pero más allá de las quejas por el superávit comercial y la falta de gasto en armamento, la inquina de Washington hacia Berlín se perfila como una estrategia para mover el tablero europeo bajo los pies de su pieza principal.

En su segunda visita a Europa, que se inicia esta noche, Trump dejará claras sus intenciones con una primera escala en Varsovia, donde la llegada del presidente de EE UU se interpreta como una señal de apoyo ante el creciente conflicto con Bruselas por la presunta deriva antidemocrática del gobierno polaco.

En Varsovia, además, Trump se reunirá con los líderes de los países de Europa central y del Este, muchos de ellos disgustados por el diktat alemán dentro de la UE y temerosos de que Berlín se desentienda de ellos para congraciarse con Moscú.

Las intenciones de Washington de colocar una cuña que agrave la división de la UE entre este y oeste quedaron claras en junio. El Senado de EE UU aprobó ese día un proyecto de ley sobre las sanciones a Rusia que amenaza con represalias a las compañías (casualmente europeas) que colaboren en la construcción del gasoducto Nordstream 2, el proyecto de 9.500 millones de euros con el que la rusa Gazprom espera multiplicar sus exportaciones de gas hacia Alemania. Se trata, casualmente, de un proyecto ansiado por Berlín y odiado por varios socios de la UE, con Polonia al frente.

Los ministros de Exteriores de Alemania y Austria respondieron a la votación del Senado con un comunicado iracundo, en el que acusan a EE UU de poner en peligro la unidad del bloque occidental en el castigo a Moscú por la invasión de Crimea 2014. Pero la indignación de Berlín se debe, sobre todo, a la interferencia de Washington en su conflicto energético con los socios del Este.

La estrategia de Trump ha logrado que Merkel pierda los nervios. Y el habitual aplomo de la canciller empieza a resquebrajarse como en aquella noche de Cannes en 2011.

En un gesto muy poco habitual, la canciller invitó la semana pasada a Berlín a los primeros ministros de los países europeos del G20 Francia, Italia y Reino Unido), al invitado permanente (España) y a los invitados a la cita de Hamburgo (Holanda y Noruega). Objetivo: pactar una posición común europea que no deje a Merkel sola en caso de que Trump dinamite la cumbre de Hamburgo.

Los europeos buscan también ayuda en otras partes del planeta y quieren sellar cuanto antes un acuerdo de libre comercio con Japón que, junto al de Canadá (firmado a principios de año), muestre que la globalización no se para.

Pero lejos de aceptar proclamas contra el proteccionismo, Trump llega a Alemania con la amenaza de desencadenar una guerra comercial en el sector siderúrgico. Washington estudia invocar una vieja norma de seguridad nacional, ligada a la guerra fría, para frenar la entrada en el país de importaciones de acero. La medida pretende blindar al sector siderúrgico estadounidense frente a China, que produce la mitad del acero mundial. Pero, curiosamente, la decisión golpearía violentamente a la industria alemana y europea.

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