Wavegarden, la generadora de olas artificiales que acerca el mar a los surfistas | Compañías

El New York Times titulaba así una noticia sobre la empresa Wavegarden: Surf’s up, and the ocean is nowhere in sight (surfear, el océano ya está aquí). Pese a lo arriesgado de esta afirmación, surfear con olas marca Wavegarden es lo más parecido a hacerlo en el mar. Este año, la empresa ha lanzado Cove, una innovadora tecnología capaz de generar 1.000 olas por hora, de hasta 2,4 metros de altura. Desde su centro de I+D en Aizarnazabal, Gipuzkoa, quieren exportarlas a los cinco continentes.

“En Wavegarden nos dedicamos al diseño, fabricación y puesta en marcha de instalaciones de olas artificiales orientadas a la práctica del surf”, destaca Josema Odriozola, consejero delegado de la compañía. Además, las peculiaridades de este modelo de negocio exigen otras tareas, como la de formar a sus clientes, inversores en parques deportivos.

Han pasado siete años desde que esta empresa diera con la clave para crear su primera ola surfeable. Karin Frisch, una economista alemana especializada en deportes, y Josema Odriozola, un ingeniero industrial vasco, ambos surfistas (casi) de nacimiento, decidieron romper las barreras orográficas que condicionan esta disciplina y unir sus fuerzas en esta aventura. Un reto que pretende “llenar el mundo de olas”, dice Odriozola.

La complejidad del reto y el lastre de la financiación demoraron el salto de prototipo a producto y su posterior comercialización

Dos condiciones se alían con ese reto. La provincia de Gipuzkoa cuenta con una industria puntera en el desarrollo y construcción de maquinaria especializada. Si a esto le sumamos la tradición surfera de Euskadi, obtenemos los dos parámetros fundamentales que cimentan este proyecto. En este contexto nace Wavegarden.

Primeros pasos

En 2005, Frisch y Odriozola fundaron la compañía. Los primeros pasos fueron muy lentos y los resultados tardaron en llegar. La financiación se convirtió en el principal escollo, dada la magnitud y la complejidad del proyecto. Las primeras aportaciones fueron personales. Más adelante, las subvenciones del CDTI (Centro para el Desarrollo Tecnológico Industrial), dependiente del entonces Ministerio de Ciencia (hoy de Industria), y el Programa Gaitek, del Gobierno vasco, fueron claves.

La complejidad del reto y el lastre de la financiación demoraron el salto de prototipo a producto y la posterior comercialización de las instalaciones. Desde la fundación hasta la apertura del primer parque, los esfuerzos se centraron en el desarrollo del sistema: prototipos rudimentarios y muchas horas de pruebas.

Las primeras versiones a tamaño real se fabricaron entre 2005 y 2007. Uno de los primeros modelos consistía en un tractor que tiraba de un foil, una especie de pala que empuja el agua.

Muchos años de pruebas fueron necesarios para lograr su primera ola surfeable, que se desarrolló entre 2010 y 2011. Un año más tarde nació el prototipo definitivo a tamaño real.

En 2015, en Dolgarrog, un pequeño municipio al norte de Gales, abrió sus puertas Surf Snowdonia, el primer parque comercial de olas artificiales para surfistas de la empresa. Cuenta con una laguna de 350 metros de longitud que genera olas de diferentes tipos, según las necesidades del usuario. En apenas un año recibió 150.000 visitantes. Ese mismo año se celebró allí el Red Bull Unleashed, la primera competición de la historia de surf en laguna.

La cifra

9,5 millones de euros facturó la empresa en el ejercicio 2016. En 2012, las ventas de la compañía se situaron en 413.650 euros. En apenas cuatro años, la facturación se ha multiplicado por 23.

Tras conquistar Gales, las olas surfeables viajaron hasta Austin (Texas). Allí se inauguró en 2016 NLand Surfpark, el segundo parque recreativo que utiliza la mecánica de Wavegarden. Ese mismo año, la empresa desarrolló una nueva tecnología en su centro de I+D: Cove, capaz de generar 1.000 olas por hora de hasta 2,4 metros, garantizando la máxima rentabilidad.

La plantilla de la compañía está formada actualmente por 39 trabajadores con competencias muy variadas, desde ingenieros industriales hasta físicos y arquitectos. La afición por el surf es lo que tienen en común todos ellos: aproximadamente el 70% de la plantilla lo practica habitualmente.

La firma cuenta con un departamento de obra civil y con otro de tratamiento de aguas, también muy particular, dado que trabajan con volúmenes de agua y cantidades de usuarios muy distintos a los que tiene una piscina convencional. Dentro del organigrama disponen también de un departamento comercial y otro de desarrollo de negocio.

El primer sistema comercializable fue Lagoon. Consiste en una pasarela o pier (muelle) que divide la laguna por la mitad a lo largo y, bajo la pasarela, un wavefoil –una especie de cuña–. Ambos mecanismos se desplazan a través de unos raíles generando olas a cada lado de la pasarela. Se trata de un modelo bidireccional: las olas se desplazan de izquierda a derecha y viceversa.

Gony Zubizarreta
Gony Zubizarreta, reconocido surfista, en el centro de pruebas de Aizarnazabal.

Sin duda, el avance que ha permitido el gran salto de la empresa ha sido la puesta en marcha de Cove. Unos módulos –una especie de palas– sumergidos que empujan el agua con una frecuencia y fuerza modificables. Esto se consigue a través de un avanzado software con una interfaz muy sencilla. De esta forma, las olas pueden configurarse según la demanda del usuario.

El fondo de la laguna está construido con una angulación y una profundidad que garantizan el correcto funcionamiento del modelo. Toda la maquinaria se esconde bajo el agua.

La diferencia de altura y de calidad del oleaje no es significativa respecto al producido por el antiguo sistema Lagoon. Sin embargo, la mayor innovación reside en su rendimiento, que permite una mayor versatilidad y un mayor ahorro energético.

Con esta tecnología, cada ola de dos metros cuesta unos 10 céntimos. En 2016 se realizó una demostración del sistema en el centro de I+D y un año más tarde se empezó a comercializar.

En ambos modelos, teóricamente, la instalación podría llevarse a cabo en una laguna natural. Pero la efectividad del producto exige unos niveles constantes de agua. Son factores que repercuten considerablemente en el resultado final. “En la mayoría de los casos compensa hacer una balsa específica”, señala Odriozola.

Para 2017 y 2018, la empresa tiene planificada una cartera de ocho proyectos en los cinco continentes. En estos momentos tiene cerrados dos contratos y seis más a punto de firmar. “Van a ser años muy intensos para nosotros”, destaca Odriozola.

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