Rumbo a los glaciares de Alaska | Fortuna

Lo llaman la última frontera. El estado número 49 y el mayor de todos ellos ha sido siempre el lugar con el que todo americano sueña de niño, inspirador de grandes aventuras de buscadores de oro, tramperos, inuits (esquimales) y exploradores de su naturaleza indómita. Sin embargo, solo unos pocos están preparados para vivir aquí, en Alaska.

Anchorage, la ciudad más poblada y bulliciosa del estado, es, por su ubicación, el punto idóneo para clavar el compás de cualquier expedición. La nuestra nos lleva al sur, a la tierra de los glaciares, de las islas y fiordos: la península de Kenai.

Tomamos la pintoresca Seward Highway para bordear el brazo de mar de Turnagain, que se adentra desde Anchorage hasta Portage dividiendo las dos costas enfrentadas con grandes montes de cumbres níveas sobre el Pacífico norte. No es raro avistar belugas en este entorno magnético, si se tiene tiempo y paciencia, claro.

Los densos bosques de coníferas forran los valles atrincherados por las montañas de Kenai, de hasta 2.130 metros. De ellas se apoderan imponentes glaciares donde nacen ríos cristalinos remontados por salmones e innumerables fiordos que tallan el litoral dando nombre al parque nacional.

Bahía de Resurrección (Alaska)
Ruta en kayak por la bahía de la Resurrección.

Mimetizados con este fiero entorno, aparecen en la península pequeños pueblos de casitas de madera en medio del bosque, en el cauce de los ríos o en la escarpada costa. Son el rincón perfecto para perderse durante una o varias jornadas de recogimiento.

En lugares como Hope, Whittier o Homer, el tiempo ha pasado muy despacio o directamente se ha detenido desde su origen minero, ruso, militar o indígena.

Al final de la autopista, dejando atrás el lago Tern y el paso Moose, nos espera la localidad costera de Seward (2.619 habitantes), que lleva orgullosa el nombre del secretario de Estado norteamericano que compró Alaska en 1867 por únicamente 7,2 millones de dólares al zar Alejandro II. Aún se están tirando de los pelos los rusos.

Bajo la atenta mirada del monte Maratón y protegido por la bahía de Resurrección se erige este importante puerto pesquero y comercial donde atracan multitud de cruceros en su travesía boreal. Recorra las calles en busca del mejor restaurante donde comer el auténtico salmón alaskeño o acuda al malecón por la tarde para ver cómo se descarga y corta el pescado recién traído, bajo la atenta mirada de los turistas y de las hambrientas nutrias marinas.

Al caer la noche, tómese una cerveza Alaskan en el bar Yukon, un antro donde se congregan los más auténticos del lugar. Aquí aprenderá mucho más de Alaska que en ningún otro sitio, pero cuidado que los jueves hacen karaoke y… ¡ay del que no se atreva a cantar!

Zona protegida

Seward es, ante todo, la puerta de entrada del Parque Nacional de los Fiordos de Kenai, una de las mayores atracciones de Alaska. Esta área protegida, creada en 1980, es un paraíso de glaciares con 2.435 km2 donde el hielo y la nieve cubren el 60% del parque.

Los fiordos de Kenai cuentan con tres áreas principales: el glaciar Exit, el campo de hielo Harding y la escarpada costa dibujada por los glaciares de marea. Al Exit puede llegar fácilmente desde Seward en 20 minutos por carretera. Una gigantesca lengua de hielo desciende desde la montaña hasta el valle en el que se encuentra el centro de visitantes, que recibe 100.000 personas al año. En 2016, el glaciar retrocedió 78 metros debido al calentamiento global.

Los más audaces no dudarán en subir hasta lo alto del glaciar para disfrutar de las preciosas vistas del mastodóntico campo de hielo Harding (1.500 km), uno de los pocos vestigios conservados de la última glaciación. En esta ruta de seis horas los osos negros y las cabras montesas se suelen dejar ver.

Para explorar los glaciares de marea, la empresa Kenai Fjords Tours realiza cada día diversos cruceros (entre 100 y 150 euros) que se adentran en los fiordos de la bahía Aialik, la laguna Northwestern, el fiordo McCarty o el brazo North, entre icebergs, ballenas jorobadas, orcas, leones marinos o frailecillos.

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